Volví á pensar sin confusiones; volví á ver obscuridad, y oí distintamente los gritos, los pasos precipitados, los cañonazos cercanos y distantes en diálogo pavoroso. Sus estampidos aquí y allí parecían preguntas y respuestas.

Los incendios continuaban. Había sobre la ciudad una densa niebla, formada de polvo y humo, la cual, con el resplandor de las llamas, formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños, sí. Las casas despedazadas, con sus huecos abiertos á la claridad como ojos infernales; las recortaduras angulosas de las ruínas humeantes; las vigas encendidas, eran espectáculo menos siniestro que el de aquellas figuras saltonas é incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo con los franceses, y les disputaban ferozmente un palmo del Infierno.

Me encontraba en la calle de Puerta Quemada, y lo que he descrito se veía en las dos direcciones opuestas del Seminario y de la entrada de la calle de Pabostre. Dí algunos pasos; pero caí otra vez rendido de fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se me acercó y empezó á hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado á los que mueren por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el cansancio y la sed me habían postrado, y que creía tener los primeros síntomas de la epidemia. Entonces el buen religioso, en quien al punto reconocí al Padre Mateo del Busto, se sentó á mi lado, y dijo exhalando un hondo suspiro:

—Yo tampoco me puedo tener, y creo que me muero.

—¿Está Vuestra Paternidad herido?—le pregunté, viendo un lienzo atado á su brazo derecho.

—Sí, hijo mío: una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento grandísimo dolor; pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por nosotros. Desde que amaneció no he cesado de curar heridos, y encaminar moribundos al Cielo. En diez y seis horas no he descansado un solo momento, ni comido ni bebido cosa alguna. Una mujer me ató este lienzo en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho... ¡Cuánto muerto, Dios mío! ¿Y estos heridos que nadie recoge...? Pero ¡ay! yo no puedo tenerme en pie, yo me muero. ¿Has visto aquella zanja que hay al fin de la calle de los Clavos? Pues allí yace sin vida el desgraciado Coridón. Fué víctima de su arrojo. Pasábamos por allí para recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un grupo de franceses que pasaban de una casa á otra. Coridón, cuya sangre impetuosa le impele á los actos más heróicos, se lanzó ladrando sobre ellos. ¡Ay! ensartándolo en una bayoneta, lo arrojaron exánime dentro de la zanja... ¡Cuántas víctimas en un solo día, Araceli! ¡Pues no tiene usted poca suerte en haber salido ileso! Pero se morirá usted de la epidemia, que es peor. Hoy he dado la absolución á sesenta moribundos de la epidemia. A usted también se la daré, amigo mío, porque sé que no comete pecadillos y que se ha portado valientemente en estos días... ¿Qué tal? ¿Crece el mal? Efectivamente, está usted más amarillo que esos cadáveres que nos rodean. Morir de la epidemia, durante el horroroso cerco, también es morir por la patria. Joven, ánimo: el Cielo se abre pare recibirle á usted, y la Virgen del Pilar le agasajará con su manto de estrellas. La vida no vale nada. ¡Cuánto mejor es morir honrosamente y ganar con el padecer de un día la eterna gloria! En nombre de Dios le perdono á usted todos sus pecados.

Después de murmurar la oración propia del caso, pronunció, bendiciéndome, el ego te absolvo, y extendiéndose luego cuan largo era sobre el suelo. Su aspecto era tristísimo, y aunque yo no me encontraba bien, juzguéme en mejor estado de salud que el buen fraile. No fué aquélla la primera ocasión en que el confesor caía antes que el moribundo, y el médico antes que el enfermo. Llamé al Padre Mateo, y como no me respondiese sino con lastimeros quejidos, apartéme de allí para buscar quien fuera en su ayuda. Encontré á varios hombres y mujeres, y les dije:

—Ahí está el Padre Fray Mateo del Busto que no puede moverse.

Pero no me hicieron caso y siguieron adelante. Muchos heridos me llamaban á su vez, pidiéndome que les diese auxilio; pero yo tampoco les hacía caso. Junto al Coso encontré un niño de ocho ó diez años, que marchaba solo y llorando con el mayor desconsuelo. Le detuve; le pregunté por sus padres, y señaló un punto cercano donde había gran número de muertos y heridos.

Más tarde encontré al mismo niño en diversos puntos, siempre solo, siempre llorando, y nadie se cuidaba de él.