No se oía otra cosa que las preguntas: ¿Has visto á mi hermano? ¿Has visto á mi hijo? ¿Has visto á mi padre? Pero mi hermano, mi hijo y mi padre no parecían por ninguna parte. Ya nadie se cuidaba de llevar los enfermos á las iglesias, porque todas ó casi todas estaban atestadas. Los sótanos y cuartos bajos, que antes se consideraron buenos refugios, ofrecían una atmósfera infecta y mortífera. Llegó el momento en que donde mejor se encontraban los heridos era en medio de la calle.

Me dirigí hacia el centro del Coso, porque me dijeron que allí se repartía algo de comer; pero nada alcancé. Iba á volver á las Tenerías, y al fin, frente al Almudí, me dieron un poco de comida caliente. Al punto me sentí mejor, y lo que creía síntomas de epidemia desapareció poco á poco, pues mi mal, hasta entonces, era de los que se curan con pan y vino. Acordéme al punto del Padre Mateo del Busto, y con otros que se me juntaron fuimos á prestarle auxilio. El desgraciado anciano no se había movido, y cuando nos acercamos, preguntándole cómo se encontraba, nos contestó así:

—¡Cómo! ¿Ha sonado la campana de maitines? Todavía es temprano. Déjenme ustedes descansar. Me hallo fatigadísimo, Padre González. He pasado diez y seis horas cogiendo flores en la huerta... Estoy rendido.

A pesar de sus ruegos le cargamos entre cuatro; pero al poco trecho se nos quedó muerto en los brazos.

Mis compañeros acudieron al fuego, y yo me disponía á seguirlos, cuando alcancé á ver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío Candiola, que salió de una casa cercana con los vestidos chamuscados, y apretando entre sus manos un ave de corral que cacareaba sintiéndose prisionera. Le detuve en medio de la calle preguntándole por su hija y por Agustín, y con gran agitación me dijo:

—¡Mi hija!... No sé... Allá, allá está... ¡Todo, todo lo he perdido! ¡Los recibos! ¡Se han quemado los recibos!... Y gracias que al salir de la casa tropecé con este pollo que huía como yo del horroroso fuego. ¡Ayer valía una gallina cinco duros!... Pero mis recibos, ¡Santa Virgen del Pilar, y tú, Santo Dominguito de mi alma! ¿por qué se han quemado mis recibos?... Todavía se pueden salvar... ¿Quiere usted ayudarme? Debajo de una gran viga ha quedado la caja de lata en que los tenía... ¿Dónde hay por ahí media docena de hombres?... ¡Dios mío! Pero esa Junta, esa Audiencia, ese Capitán General, ¿en qué están pensando?...

Y luego siguió gritando á los que pasaban:

—¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo... á ver si levantamos la viga que cayó en el rincón!... ¡Eh! buenos amigos, dejen ustedes ahí un ladito ese moribundo que llevan al hospital, y vengan á ayudarme. ¿No hay un alma piadosa? Parece que los corazones se han vuelto de bronce... Ya no hay sentimientos humanitarios... ¡Oh! zaragozanos sin piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando!

Viendo que nadie le amparaba, entró de nuevo en la casa; pero salió al poco rato gritando con desesperación:

—¡Ya no se puede salvar nada! ¡Todo está ardiendo! Virgen mía del Pilar, ¿por qué no haces un milagro? ¿Por qué no me concedes el don de aquellos prodigiosos niños del horno de Babilonia, para que pueda penetrar dentro del fuego y salvar mis papeles?