Esto decía, cuando Doña Guedita, que buscaba afanosamente á su amo, apareció trayendo en una taza algunas provisiones. El se las comió con voracidad, y luego, á fuerza de ruegos, logramos arrancarle de allí, conduciéndole al callejón del Organo, donde estaba su hija, guarecida en un zaguán con otras infelices. Candiola, después de regañarla, se internó con el ama de llaves.
—¿Dónde está Agustín?—pregunté á Mariquilla.
—Hace un instante estaba aquí; pero vinieron á darle la noticia de la muerte de un hermano suyo, y se fué. Oí decir que estaba su familia en la calle de las Rufas.
—¡Que ha muerto su hermano, el primogénito!
—Así se lo dijeron, y él corrió allí muy afligido.
Sin oir más, yo también corrí á la calle de la Parra para aliviar en lo posible la tribulación de aquella generosa familia, á quien tanto debía, y antes de llegar á ella encontré á D. Roque, que con lágrimas en los ojos se acercó á hablarme.
—Gabriel—me dijo,—Dios ha cargado hoy la mano sobre nuestro buen amigo.
—¿Ha muerto el hijo mayor, Manuel Montoria?
—Sí; y no es esa la única desgracia de la familia. Manuel era casado, como sabes, y tenía un hijo de cuatro años. ¿Ves aquel grupo de mujeres? Pues allí está la mujer del desgraciado primogénito de Montoria, con su hijo en brazos, el cual, atacado de la epidemia, agoniza en estos momentos. ¡Qué horrible situación! Ahí tienes á una de las primeras familias de Zaragoza reducida al más triste estado, sin un techo en que guarecerse, y careciendo hasta de lo más preciso. Toda la noche ha permanecido esa infeliz madre en la calle y á la intemperie con el enfermo en brazos, aguardando por instantes que exhale el último suspiro; y en realidad, mejor está aquí que en los pestilentes sótanos, donde no se puede respirar. Gracias á que yo y otros amigos la hemos socorrido en lo posible... ¿pero qué podemos hacer, si apenas hay pan, si se ha acabado el vino, y no se encuentra un pedazo de carne de vaca, aunque se dé por él un pedazo de la nuestra?
Principiaba á amanecer. Acerquéme al grupo de mujeres, y ví el lastimoso espectáculo. Con el ansia de salvarle, la madre y las demás mujeres que le hacían compañía martirizaban al infeliz niño aplicándole los remedios que cada cual discurría; pero bastaba ver á la víctima para comprender la imposibilidad de salvar aquella naturaleza, que la muerte había asido ya con su mano amarilla.