La voz de D. José de Montoria me obligó á seguir adelante, y en la esquina de la calle de las Rufas, un segundo grupo completaba el cuadro horroroso de las desgracias de aquella familia. En el suelo yacía el cadáver de Manuel Montoria, joven de treinta años, no menos simpático y generoso en vida que su padre y hermano. Una bala le había atravesado el cráneo, y de la pequeña herida exterior, en el punto por donde entró el proyectil, salía un hilo de sangre que, bajando por la sien, el carrillo y el cuello, escurríase entre la piel y la camisa. Fuera de esto, su cuerpo no parecía el de un difunto.
Cuando yo me acerqué, su madre no se había decidido aún á creer que estaba muerto, y poniendo la cabeza del cadáver sobre sus rodillas, quería reanimarle con ardientes palabras. Montoria, de rodillas al costado derecho, tenía entre sus manos la de su hijo, y sin decir nada, no le quitaba los ojos. Tan pálido como el muerto, el padre no lloraba.
—Mujer—exclamó al fin.—No pidas á Dios imposibles. Hemos perdido á nuestro hijo.
—¡No: mi hijo no ha muerto!—gritó la madre con desesperación.—Es mentira. ¿Para qué me engañan? ¿Cómo es posible que Dios nos quite á nuestro hijo? ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? ¡Manuel, tú, hijo mío! ¿No me respondes? ¿Por qué no te mueves? ¿Por qué no hablas?... Al instante te llevaremos á casa... pero ¿dónde está nuestra casa? Mi hijo se enfría sobre este desnudo suelo. ¡Ved qué heladas están sus manos y su cara!
—Retírate, mujer—dijo Montoria conteniendo el llanto.—Nosotros cuidaremos al pobre Manuel.
—¡Señor, Dios mío!—clamó la madre,—¿qué tiene mi hijo que no habla, ni se mueve, ni despierta? Parece muerto; pero no está ni puede estar muerto. Santa Virgen del Pilar, ¿no es verdad que mi hijo no ha muerto?
—Leocadia—repitió Montoria secando las primeras lágrimas que salieron de sus ojos,—vete de aquí: retírate, por Dios. Ten resignación, porque Dios nos ha dado un fuerte golpe, y nuestro hijo no vive ya. Ha muerto por la patria...
—¡Que ha muerto mi hijo!—exclamó la madre estrechando el cadáver entre sus brazos como si se lo quisieran quitar.—No, no, no: ¿qué me importa á mí la patria? ¡Que me devuelvan á mi hijo! ¡Manuel, niño mío! No te separes de mi lado, y el que quiera arrancarte de mis brazos tendrá que matarme.
—¡Señor, Dios mío! ¡Santa Virgen del Pilar!—dijo D. José de Montoria con grave acento.—Nunca os ofendí á sabiendas ni deliberadamente. Por la patria, por la religión y por el Rey, he dado mis bienes y mis hijos. ¿Por qué antes que llevaros á éste mi primogénito, no me quitásteis cien veces la vida á mí, miserable viejo que para nada sirvo? Señores que estáis presentes: no me avergüenzo de llorar delante de ustedes. Con el corazón despedazado, Montoria es el mismo. ¡Dichoso tú mil veces, hijo mío, que has muerto en el puesto del honor! Desgraciados los que vivimos después de perderte. Pero Dios lo quiere así: bajemos la frente ante el Dueño de todas las cosas. Mujer, Dios nos ha dado paz, felicidad, bienestar y buenos hijos; ahora parece que nos lo quiere quitar todo. Llenemos el corazón de humildad, y no maldigamos nuestro sino. Bendita sea la mano que nos hiere, y esperemos tranquilos el beneficio de la propia muerte.
Doña Leocadia no tenía vida más que para llorar, besando incesantemente el frío cuerpo de su hijo. D. José, tratando de vencer las irresistibles manifestaciones de su dolor, se levantó y dijo con voz entera: