—Leocadia, levántate. Es preciso enterrar á nuestro hijo.
—¡Enterrarle!...—exclamó la madre.—¡Enterrarle!...
Y no pudo decir más porque se quedó sin sentido.
En el mismo instante oyóse un grito desgarrador no lejos de allí, y una mujer corrió despavorida hacia nosotros. Era la mujer del desgraciado Manuel, viuda ya y sin hijo. Varios de los presentes nos abalanzamos á contenerla para que no presenciase aquella escena, tan horrible como la que acababa de dejar, y la infeliz dama forcejeó con nosotros, pidiéndonos que la dejásemos ver á su marido.
En tanto D. José, apartándose de allí, llegó á donde yacía el cuerpo de su nieto: tomóle en brazos, y lo trajo junto al de Manuel. Las mujeres exigían todo nuestro cuidado, y mientras Doña Leocadia continuaba sin movimiento ni sentido abrazada al cadáver, su nuera, poseída de un dolor febril, corría en busca de imaginarios enemigos, á quienes anhelaba despedazar. La conteníamos y se nos escapaba de las manos. Tan pronto reía con espantosa carcajada, como se nos ponía de rodillas delante, rogándonos que le devolviéramos los dos cuerpos que le habíamos quitado.
Pasaba la gente; pasaban soldados, frailes, paisanos: todos veían aquello con indiferencia, porque á cada paso se encontraba un espectáculo semejante. Los corazones estaban osificados, y las almas parecían haber perdido sus más hermosas facultades, no conservando más que el rudo heroísmo. Por fin la pobre mujer cedió á la fatiga, al aniquilamiento producido por su propia pena, quedándosenos en los brazos como muerta. Pedimos un cordial ó algún alimento para reanimarla, pero no había nada; y las demás personas que allí ví, harto trabajo tenían con atender á los suyos. En tanto, D. José, ayudado de su hijo Agustín, que también trataba de vencer su acerbo dolor, desligó el cadáver de los brazos de Doña Leocadia. El estado de esta infeliz señora era tal, que creímos tener que lamentar otra muerte en aquel día.
Luego Montoria repitió:
—Es preciso que enterremos á mi hijo.
Miró él, miramos todos en derredor, y vimos muchos, muchísimos cadáveres insepultos. En la calle de las Bufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta[3] se había constituído una especie de depósito. No es exageración lo que voy á decir. Innumerables cuerpos yacían apilados en la angosta vía, formando como un ancho paredón entre casa y casa. Aquello no se podía mirar, y el que lo vió, fué condenado á tener ante los ojos durante toda su vida la fúnebre pira hecha con cuerpos de sus semejantes. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó á dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre que, contestando al primero, dijo: «sube.» Entonces aquél, creyendo que era extravío entrar en la casa y subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta.