En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en abrir sepulturas? Por cada par de brazos útiles y por cada azada había cincuenta muertos. De trescientos á cuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia. Cada acción encarnizada arrancaba á la vida algunos miles, y ya Zaragoza empezaba á dejar de ser una gran ciudad poblada por criaturas vivas.

Montoria, al ver aquello, habló así:

—Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almas están en el cielo: ¿qué importa lo demás? Acomodémosles ahí en la puerta de la calle de las Rufas... Agustín, hijo mío, más vale que te vayas á las filas. Los jefes pueden echarte de menos, y creo que hace falta gente en la Magdalena. Ya no tengo más hijo varón que tú. Si mueres, ¿qué me queda? Pero el deber es lo primero, y antes que cobarde, prefiero verte como tu pobre hermano, con la sien traspasada por una bala francesa.

Después, poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo, que estaba descubierto y de rodillas junto al cadáver de Manuel, prosiguió así, elevando los ojos al cielo:

—Señor, si has resuelto también llevarte á mi segundo hijo, llévame á mí primero. Cuando se acabe el sitio, no deseo tener más vida. Mi pobre mujer y yo hemos sido bastante felices, hemos recibido hartos beneficios para maldecir la mano que nos ha herido; pero para probarnos, ¿no ha sido ya bastante? ¿ha de perecer también nuestro segundo hijo?... Ea, señores—añadió luego,—despachemos pronto, que quizás hagamos falta en otra parte.

—Sr. D. José—dijo D. Roque llorando,—retírese usted también, que los amigos cumpliremos este triste deber.

—No, yo soy hombre para todo, y Dios me ha dado un alma que no se dobla ni se rompe.

Y tomó, ayudado de otro, el cadáver de Manuel, mientras Agustín y yo cogimos el del nieto, para ponerlos á entrambos en la entrada del callejón de las Rufas, donde otras muchas familias habían depositado los muertos. Montoria, luego que soltó el cuerpo, exhaló un suspiro, y dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotado sus fuerzas, dijo:

—Es verdad, señores: yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me encontraba joven; hoy me encuentro viejo.

Efectivamente: Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado en él la vida de diez años.