Sentóse sobre una piedra, y puestos los codos en las rodillas, apoyó la cara entre las manos, en cuya actitud permaneció algún tiempo, sin que los presentes turbáramos su dolor. Doña Leocadia, su hija y su nuera, asistidas por otros dos individuos de la familia, continuaban en el Coso. D. Roque, que iba y venía de uno á otro extremo, dijo:

—La señora sigue tan abatida... Ahora rezan todas con mucha devoción y no cesan de llorar. Están muy caídas las pobrecitas. Muchachos, es preciso que deis por la ciudad una vuelta, á ver si se encuentra algo substancioso con que alimentarlas.

Montoria se levantó entonces, limpiando las lágrimas que corrían abundantemente de sus ojos encendidos.

—No ha de faltar, según creo. Amigo Don Roque, busque usted algo de comer, cueste lo que cueste.

—Ayer pedían cinco duros por una gallina en la Tripería,—dijo uno, que era criado antiguo de la casa.

—Pero hoy no las hay—indicó D. Roque.—He estado allí hace un momento.

—Amigos, buscad por ahí, que algo se encontrará. Para mí nada necesito.

Esto decía, cuando sentimos un agradable cacareo de ave de corral. Miramos todos con alegría hacia la entrada de la calle, y vimos al tío Candiola que, sosteniendo en su mano izquierda el pollo consabido, le acariciaba el negro plumaje con la derecha. Antes que se lo pidieran, llegóse á Montoria, y con mucha sorna le dijo:

—Una onza por el pollo.

—¡Qué carestía!—exclamó D. Roque.—¡Si no tiene más que huesos el pobre animal!