No pude contener la cólera al ver ejemplo tan claro de la repugnante tacañería y empedernido corazón del avaro. Así es que lleguéme á él, y arrancándole el pollo de las manos, le dije violentamente:
—Ese pollo es robado. Venga acá. ¡Miserable usurero! ¡Si al menos vendiera lo suyo! ¡Una onza! A cinco duros estaban ayer en el mercado. ¡Cinco duros, canalla, ladrón; cinco duros! Ni un ochavo más.
Empezó á chillar Candiola reclamando su pollo, y á punto estuvo de ser apaleado impíamente; pero D. José de Montoria intervino diciendo:
—Désele lo que quiere. Tome usted, señor Candiola, la onza que pide por ese animal.
Dióle la onza, que el infame tacaño no tuvo reparo en tomar, y luego nuestro amigo prosiguió hablando de esta manera:
—Sr. de Candiola, tenemos que hablar. Ahora caigo en que le ofendí á usted... Sí... hace días, cuando aquello de la harina... Es que á veces no es uno dueño de sí mismo, y se nos sube la sangre á la cabeza... Verdad que usted me provocó, y como se empeñaba en que le dieran por la harina más de lo que el señor Capitán General había mandado... Lo cierto es, amigo D. Jerónimo, que yo me amosqué... ya ve usted... no lo puede uno remediar así de pronto... pues... y creo que se me fué la mano; creo que hubo algo de...
—Sr. Montoria—- dijo gruñendo el avaro,—llegará día en que haya otra vez autoridades en Zaragoza. Entonces nos veremos las caras.
—¿Va usted á meterse entre jueces y escribanos? Malo. Aquello pasó... Fué un arrebato de cólera, de esos que no se pueden remediar. Lo que me llama la atención es que hasta ahora no había caído en que hice mal, muy mal. No se debe ofender al prójimo...
—Y menos ofenderle después de robarle, gruñó D. Jerónimo, mirándonos á todos y sonriendo con desdén.
—Eso de robar no es cierto—continuó Don José de Montoria,—porque yo hice lo que el Capitán General me ordenaba. Cierto es lo de la ofensa de palabra y de obra, y ahora, cuando le he visto á usted venir con el pollo, he caído en la cuenta de que obré mal. Mi conciencia me lo dice. ¡Ah, Sr. Candiola, soy muy desgraciado! Cuando uno es feliz, no conoce sus faltas. Pero ahora... Lo cierto es, D. Jerónimo de mi alma, que en cuanto le ví venir á usted, me sentí inclinado á pedirle perdón por aquellos golpes... Tengo la mano pesada, y... Así es que en un pronto... no sé lo que me hago... Sí, yo le ruego á usted que me perdone y seamos amigos. Sr. D. Jerónimo, seamos amigos, reconciliémonos y no hagamos caso de resentimientos antiguos. El odio envenena las almas, y el recuerdo de no haber obrado bien nos pone encima un peso insoportable.