Desde el día 4 empezaron los franceses á minar el terreno para apoderarse del Hospital y de San Francisco, pues harto sabían que de otro modo era imposible. Para impedirlo contraminamos, con objeto de volarles á ellos antes que nos volaran á nosotros, y este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra á nada del mundo puede compararse. Parecíamos haber dejado de ser hombres para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo obscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminarnos.

El Convento de San Francisco tenía por la parte del coro vastas bodegas subterráneas. Los edificios que ocupaban más abajo los franceses también las tenían, y rara era la casa que no se alzaba sobre profundos sótanos. En ellos perecieron muchos enemigos, ya por hundimientos de los arruinados pisos, ya heridos desde lejos por nuestras balas, que penetraban en lo más escondido. Las galerías abiertas por las azadas de unos y otros juntábanse al fin en uno de aquellos aposentos: á la luz de nuestros faroles veíamos á los franceses, como imaginarias figuras de duendes engendrados por la luz rojiza en las sinuosidades de la mazmorra; ellos nos veían también, y al punto nos tiroteábamos; pero nosotros íbamos provistos de granadas de mano, y arrojándolas sobre ellos les poníamos en dispersión, persiguiéndoles luego, á arma blanca, á lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que á veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño; pero era cierto y se repetía á cada instante en diversos puntos.

En esta penosa tarea nos relevábamos frecuentemente, y en los ratos de descanso salíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo parque, hospital y cementerio general de los sitiados. Una tarde (creo que la del 5) estábamos en la puerta del Convento varios muchachos del batallón de Extremadura y de San Pedro, y comentábamos las peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposible la resistencia. El corrillo se renovaba constantemente. D. José de Montoria se acercó á nosotros, y saludándonos con semblante triste sentóse en el banquillo de madera que teníamos junto á la puerta.

—Oiga usted lo que se habla por aquí, señor D. José—le dije.—La gente cree que es imposible resistir muchos días más.

—No os desaniméis, muchachos—contestó.—Bien dice el Capitán General en su proclama que corre mucho oro francés por la ciudad.

Un franciscano que venía de auxiliar á algunas docenas de moribundos, tomó la palabra y dijo:

—Es un dolor lo que pasa. No se habla por ahí de otra cosa que de rendirse. Si parece que esto ya no es Zaragoza. ¡Quién conoció á aquella gente templada del primer sitio!...

—Dice bien su paternidad—afirmó Montoria.—Está uno avergonzado, y hasta los que tenemos corazón de bronce nos sentimos atacados de esta flaqueza que cunde más que la epidemia. Y en resumidas cuentas, no sé á qué viene ahora esa novedad de rendirse cuando nunca lo hemos hecho, ¡porra! Si hay algo después de este mundo, como nuestra religión nos enseña, ¿á qué apurarse por un día más ó menos de vida?

—Verdad es, Sr. D. José—dijo el fraile,—que las provisiones se acaban por momentos y que donde no hay harina todo es mohína.

—¡Boberías y melindres, Padre Luengo!—exclamó Montoria.—Ya... si esta gente, acostumbrada al regalo de otros tiempos, no puede pasarse sin carne y pan, no hemos dicho nada. ¡Como si no hubiera otras muchas cosas que comer!... Soy partidario de la resistencia á todo trance, cueste lo que cueste. He experimentado terribles desgracias: la pérdida de mi primogénito y de mi nieto ha cubierto de luto mi corazón; pero el honor nacional, llenando toda mi alma, á veces no deja hueco para otro sentimiento. Un hijo me queda, único consuelo de mi vida y depositario de mi casa y mi nombre. Lejos de apartarle del peligro, le obligo á persistir en la defensa. Si le pierdo, me moriré de pena; pero que se salve el honor nacional, aunque perezca mi único heredero.