—Y según he oído—dijo el Padre Luengo,—el Sr. D. Agustín ha hecho prodigios de valor. Está visto que los primeros laureles de esta campaña pertenecen á los insignes guerreros de la Iglesia.

—No: mi hijo no pertenecerá á la Iglesia. Es preciso que renuncie á ser clérigo, pues yo no puedo quedarme sin sucesión directa.

—Sí: vaya usted á hablarle de sucesiones y de casorios. Desde que es soldado parece que ha cambiado un poco; pero antes, sus conversaciones trataban siempre de re theologica, y jamás le oí hablar de erotica. Es un chico que tiene á Santo Tomás en las puntas de los dedos, y no sabe en qué sitio de la cara llevan los ojos las muchachas.

—Agustín sacrificará por mí su ardiente vocación. Si salimos bien del sitio, y la Virgen del Pilar me le deja con vida, pienso casarle al instante con mujer que le iguale en condición y en fortuna.

Cuando esto decía, vimos que se nos acercaba sofocada Mariquilla Candiola, la cual, llegándose á mí, me preguntó:

—Señor de Araceli, ¿ha visto usted á mi padre?

—No, señorita Doña María—le respondí.—Desde ayer no le he visto. Puede que esté en las ruínas de su casa, ocupándose en ver si puede sacar alguna cosa.

—No está—dijo Mariquilla con desaliento.—Le he buscado por todas partes.

—¿Ha estado usted aquí detrás, por junto á San Diego? El Sr. Candiola suele ir á visitar su casa llamada de los Duendes, por ver si se la han destrozado.

—Pues voy al momento allá.