De pronto, el silencio me permitió oir sordos golpes debajo de nosotros en lo profundo del suelo. Al punto comprendí que andaba por allí la piqueta de los minadores franceses, y comuniqué mi recelo á Agustín, el cual, prestando atención, me dijo:
—Efectivamente: parece que están minando. Pero ¿á dónde van por aquí? Las galerías que hicieron desde Jerusalén están todas cortadas por las nuestras. No pueden dar un paso sin que se les salga al encuentro.
—Es que este ruido indica que minan por San Diego. Ellos poseen una parte del edificio. Hasta ahora no han podido llegar á las bodegas de San Francisco. Si por casualidad han discurrido que es fácil el paso desde San Diego á San Francisco por los bajos de esta casa, probablemente este paso será el que están abriendo ahora.
—Corre al instante al Convento—me dijo;—baja á los subterráneos, y si sientes ruido, cuenta á Renovales lo que pasa. Si algo ocurre, me llamas en seguida.
Agustín quedóse solo con Mariquilla. Fuí á San Francisco, y al bajar á las bodegas encontré, con otros patriotas, á un oficial de ingenieros, el cual, como yo le expusiera mi temor, me dijo:
—Por las galerías abiertas debajo de la calle de Santa Engracia, desde Jerusalén y el Hospital, no pueden acercarse aquí, porque con nuestra zapa hemos inutilizado la suya, y unos cuantos hombres podrán contenerlos. Debajo de este edificio dominamos los subterráneos de la iglesia, las bodegas y los sótanos que caen hacia el claustro de Oriente. Hay una parte del Convento que no está minada, y es la del Poniente y Sur; pero allí no hay sótanos, y hemos creído excusado abrir galerías, porque no es probable se nos acerquen por esos dos lados. Poseemos la casa inmediata, y yo he reconocido su parte subterránea, que está casi pegada á las cuevas de la sala capitular. Si ellos dominaran la casa de los Duendes, fácil les sería poner hornillos y volar toda la parte de Sur y de Poniente; pero aquel edificio es nuestro, y desde él á las posiciones francesas enfrente de San Diego y Santa Rosa, hay mucha distancia. No es probable que nos ataquen por ahí, á no ser que exista alguna comunicación entre la casa y San Diego ó Santa Rosa, que les permitiera acercársenos sin advertirlo.
Hablando sobre el particular estuvimos hasta la madrugada. Al amanecer, Agustín entró muy alegre diciéndome que había conseguido albergar á Mariquilla en el mismo local donde estaba su familia. Después nos dispusimos para hacer un esfuerzo aquel día, porque los franceses, dueños ya del Hospital, mejor dicho, de sus ruínas, amenazaban asaltar á San Francisco, no por bajo tierra, sino á descubierto y á la luz del sol.