—Sí, Mariquilla de mi alma—exclamó Montoria con arrebato:—iremos á donde quieras, lejos de aquí, mañana mismo... mañana no, porque no está levantado el sitio; pasado... en fin, cuando Dios quiera...
—Agustín—añadió Mariquilla con voz débil que indicaba cierta somnolencia,—quiero que al volver de nuestro viaje reedifiques la casa en que he nacido. El ciprés continúa en pie.
Mariquilla, inclinando la cabeza, mostraba estar medio vencida por el sueño.
—¿Deseas dormir, pobrecilla?—le dijo mi amigo tomándola en brazos.
—Hace varias noches que no duermo—respondió la joven cerrando los ojos.—La inquietud, el pesar, el miedo, me han mantenido en vela. Esta noche el cansancio me rinde, y la tranquilidad que siento me hace dormir.
—Duerme en mis brazos, María—dijo Agustín,—y que la tranquilidad que ahora llena tu alma no te abandone cuando despiertes.
Después de un breve rato en que la creíamos dormida, Mariquilla, mitad despierta, mitad en sueños, habló así:
—Agustín, no quiero que quites de mi lado á esa buena Doña Guedita, que tanto nos protegía cuando éramos novios... Ya ves cómo tenía yo razón al decirte que mi padre fué al campo francés á cobrar sus cuentas...
Después no habló más, y se durmió profundamente. Sentado Agustín en el suelo, la sostenía sobre sus rodillas y entre sus brazos. Yo abrigué sus pies con mi capote.
Callábamos Agustín y yo, porque nuestras voces no turbaran el sueño de la joven. Aquel sitio era bastante solitario. Teníamos á la espalda la casa de los Duendes, inmediata al Convento de San Francisco, y enfrente el Colegio de San Diego, con su huerta circuída por largas tapias que se alzaban en irregulares y angostos callejones. Por ellos discurrían los centinelas que se relevaban y los pelotones que iban á las avanzadas ó venían de ellas. La tregua era completa, y aquel reposo anunciaba grandes luchas para el día siguiente.