—Sí—repuso la Candiola:—el corazón me dice que hemos pasado las amarguras de nuestra vida, y que ahora tendremos días tranquilos. El sitio se acabará pronto, porque, según dice mi padre, lo que queda es cosa de días. Esta mañana fuí al Pilar: cuando me arrodillé delante de la Virgen, parecióme que la Santa Señora me miraba y se reía. Después salí de la iglesia, y un gozo muy vivo hacía palpitar mi corazón. Miraba al cielo, y las bombas me parecían un juguete; miraba á los heridos, y se me figuraba que todos ellos se volvían sanos; miraba á las gentes, y en todas creía encontrar la alegría que se desbordaba en mi pecho. Yo no sé lo que me ha pasado hoy; yo estoy contenta. Dios y la Virgen sin duda se han apiadado de nosotros; y estos latidos de mi corazón, esta alegre inquietud, son avisos de que al fin, después de tantas lágrimas, vamos á ser dichosos.
—Lo que dices es la verdad—afirmó Agustín estrechando á Mariquilla amorosamente contra su pecho.—Tus presentimientos son leyes; tu corazón, identificado con lo divino, no puede engañarnos; oyéndote me parece que se disipa la atmósfera de penas en que nos ahogamos, y respiro con delicia los aires de la felicidad. Espero que tu padre no se opondrá á que te cases conmigo.
—Mi padre es bueno—dijo la Candiola.—Yo creo que si los vecinos de la ciudad no le mortificaran, él sería más humano. Pero no le pueden ver. Esta tarde ha sido maltratado otra vez en el claustro de San Francisco, y cuando se reunió conmigo en el Coso estaba colérico y juraba que se había de vengar. Yo procuré aplacarle, pero todo en vano. Nos echaron de todas partes. El, cerrando los puños y pronunciando voces destempladas, amenazaba á los transeuntes. Después echó á correr hacia aquí; yo pensé que venía á ver si le han destrozado esta casa, que es nuestra; seguíle; volvióse él hacia mí como atemorizado al sentir mis pasos, y me dijo: «Tonta, entrometida, ¿quien te manda seguirme?» Yo no le contesté nada; pero viendo que avanzaba hacia la línea francesa con ánimo de traspasarla, quise detenerle, y le dije: «Padre, ¿á dónde vas?» Entonces me contestó: «¿No sabes que en el ejército francés está mi amigo el capitán de suizos D. Carlos Lindener, que servía el año pasado en Zaragoza? Voy á verle: recordarás que me debe algunas cantidades.» Hízome quedar aquí y se marchó. Lo que siento es que sus enemigos, si saben que traspasa la línea y va al campo francés, le llamarán traidor. No sé si será por el gran cariño que le tengo por lo que me parece incapaz de semejante acción. Temo que le pase algún mal, y por eso deseo la conclusión del sitio. ¿No es verdad que concluirá pronto, Agustín?
—Sí, Mariquilla: concluirá pronto, y nos casaremos. Mi padre quiere que me case.
—¿Quién es tu padre? ¿Cómo se llama? ¿No es tiempo todavía de que me lo digas?
—Ya lo sabrás. Mi padre es persona principal y muy querido en Zaragoza. ¿Para qué quieres saber más?
—Ayer quise averiguarlo... Somos curiosas: á varias personas conocidas que hallé en el Coso, les pregunté: «¿Saben ustedes quién es ese señor que ha perdido á su hijo primogénito?» Pero como hay tantos en este caso, la gente se reía de mí.
—Yo te lo revelaré á su tiempo, y cuando al decírtelo pueda darte una buena noticia.
—Agustín, si me caso contigo, quiero que me lleves fuera de Zaragoza por unos días. Deseo durante corto tiempo ver otras casas, otros árboles, otro país; deseo vivir algunos días en sitios que no sean éstos, donde tanto he padecido.