—Muchachos, no hagamos una barbaridad. ¿Qué daño puede causar este vejete despreciable?

—Es verdad—añadió él en el colmo de la angustia.—¿Qué mal puedo hacer yo, que siempre me he ocupado en socorrer á los menesterosos? Vosotros no me mataréis; sois soldados de las Peñas de San Pedro y de Extremadura: sois todos guapos chicos. Vosotros incendiásteis aquellas casas de las Tenerías, donde yo encontré el pollo que me valió una onza. ¿Quién dice que yo me vendo á los franceses? Les odio, no les puedo ver, y á vosotros os quiero como á mi propio pellejo. Niñitos míos, dejadme en paz. Todo lo he perdido; que me quede al menos la vida.

Estas lamentaciones, y los ruegos míos y de mi amigo, ablandaron un poco á los soldados, y una vez pasada la primera efervescencia, nos fué fácil salvar al desgraciado viejo. Al relevarse la gente que estaba en las posiciones, quedó completamente á salvo; pero ni siquiera nos dió las gracias, cuando después de librarle de la muerte le ofrecimos un pedazo de pan. Poco después, y cuando tuvo alientos para andar, salió á la calle, donde él y su hija se reunieron.


[XXVII]

Aquella tarde, casi todo el esfuerzo de los franceses se dirigió contra el arrabal de la izquierda del Ebro. Asaltaron el monasterio de Jesús, y bombardearon el templo del Pilar, donde se refugiaba el mayor número de enfermos y heridos, creyendo que la santidad del lugar les ofrecía allí más seguridad que en otra parte.

En el centro no se trabajó mucho en aquel día. Toda la atención estaba reconcentrada en las minas, y nuestros esfuerzos se dirigían á probar al enemigo que antes que consentir en ser volados solos, trataríamos de volarles á ellos, ó volar juntos por lo menos.

Por la noche ambos ejércitos parecían entregados al reposo. En las galerías subterráneas no se sentía el rudo golpe de la piqueta. Yo salí afuera, y hacia San Diego encontré á Agustín y á Mariquilla, que hablaban sosegadamente sentados en el dintel de una puerta de la casa de los Duendes. Se alegraron mucho de verme, y me senté junto á ellos, participando de los mendrugos que comían.

—No tenemos donde albergarnos—dijo Mariquilla.—Estábamos en un portal del callejón del Organo, y nos echaron. ¿Por qué aborrecen tanto á mi pobre padre? ¿Qué daño les ha hecho? Después nos guarecimos en un cuartucho de la calle de las Urreas, y también nos echaron. Nos sentamos luego bajo un arco en el Coso, y todos los que allí estaban huyeron de nosotros. Mi padre está furioso.

—Mariquilla de mi corazón—dijo Agustín,—espero que el sitio se acabe pronto de un modo ó de otro. Quiera Dios que muramos los dos, si vivos no podemos ser felices. No sé por qué, en medio de tantas desgracias, mi corazón está lleno de esperanza; no sé por qué me ocurren ideas agradables, y pienso constantemente en un risueño porvenir. ¿Por qué no? ¿Todo ha de ser desgracias y calamidades? Las desventuras de mi familia son infinitas. Mi madre no tiene ni quiere tener consuelo. Nadie puede apartarla del sitio en que están el cadáver de mi hermano y el de mi sobrino, y cuando por fuerza la llevamos lejos de allí, la vemos luego arrastrándose sobre las piedras de la calle para volver. Ella, mi cuñada y mi hermana ofrecen un espectáculo lastimoso: niéganse á tomar alimento, y al rezar, deliran confundiendo los nombres santos. Esta tarde, al fin, hemos conseguido llevarlas á un sitio cubierto, donde se las obliga á mantenerse en reposo y á tomar algún alimento. Mariquilla, ¡á qué triste estado ha traído Dios á los míos! ¿No hay motivo para esperar que al fin se apiade de nosotros?