—Mucho saber es ese, amigo Fago —indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras—. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.
—Vámonos, vámonos —dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente—. Basta de profecías... Estamos molestando al señor general...
—¡Oh, no!... Pueden quedarse...
Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se despidió brevemente por los dos y salió, llevándose a su amigo casi a rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió con aspereza, como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.
—¿Pero, hombre, está en su juicio?... ¡Qué rato me ha hecho usted pasar!... Al demonio se le ocurre, ¡carape!..., decirle al general que no tomaremos..., que no tomará a Bilbao... ¿Ha querido usted anunciar su muerte?
—He dicho lo que siento, lo que veo..., lo mismo que ve y siente él... Es como la luz, amigo Ibarburu, y me sorprende que usted no lo vea.
—Lo que veo yo —dijo el castrense encalabrinándose— es que si seguimos con esas salidas de tono, le daré a usted por desahuciado, y le abandonaré a su desdichada suerte.
Y el otro, sin parar mientes en la indignación de su amigo, ni cuidarse de aplacarla, se llevaba las manos a la cabeza, exclamando:
—¡Lástima de hombre!... ¡Qué pérdida, Señor!... ¡Inmenso duelo!
—¿Qué rezonga usted, por cien mil carapes? —gritó el capellán furioso enarbolando el palo.