—General —replicó el capellán con voz temblorosa—, mi mayor pena es que, por mi incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la firme resolución que vuecencia merece.
—Todavía, ¡quién sabe!
—Ya no, ya no... Soy hombre muerto.
Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transfusión de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se anticipaban a las de este, o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos.
—Mi general —dijo después de una pausa—, permítame que le felicite por sus triunfos, que la historia ha de consignar. Permítame exponer con sinceridad una idea que tengo aquí... Será temeridad que yo la exprese, será tal vez descortesía... Vuecencia estima que es un desatino la expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del rey...
—¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro soberano... Eso no es cierto, amigo Fago.
—Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no debe obedecer..., debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen rey... Si esto que digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.
—Solo Dios sabe lo que puede suceder —dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder conseguirlo.
Y el otro terminó:
—Vuecencia lo sabe y yo también... El héroe de esta guerra, el restaurador de la monarquía legítima... no tomará a Bilbao... El porqué... él lo sabe... y yo también.