Pero Fago, con su noble sinceridad, ganó el corazón de Ibarburu. Todo lo refería lealmente, sin atenuar sus culpas ni empequeñecer su mérito donde lo hubiera. No ocultó que el principal fin de todos sus actos en aquella parte de la campaña, era perseguir y cazar a la descarriada Saloma. Los diversos episodios y peripecias, las vivísimas esperanzas y desengaños tristes de esta cacería fueron tales, que creyó perder la razón. Saloma, como fantasma vano, en todas partes se presentaba, y en los aires se desvanecía cuando las manos se alargaban para cogerla. Rezagado en las angosturas de Artaza, tuvo que esconderse en unos breñales para no caer prisionero de los realistas, que le habrían fusilado sin piedad. Huyó después montes arriba, repugnando el seguir en filas liberales, y con asco también de las facciosas; vagó tres o cuatro días, precedido del fantasma, hasta que Dios quiso desengañarle de aquel vano error, iluminando su entendimiento con ideas claras. La torpeza y sinrazón de aquel empeño se posesionaron de su espíritu, y unido a ello el hastío de la humanidad, sintió la querencia hondísima de la vida ascética. Andando, andando, sin pensar a dónde iba, llevado más bien de la fatal dirección mecánica de sus pasos, fue a parar al monte Murumendi, y allí se acordó del solitario Borra. Llegose a la cabaña, hablaron... Lo demás ya lo había oído Ibarburu de los propios labios del anacoreta.

—Todo sea por Dios —dijo entre suspiros el capellán guipuzcoano al ponerse de nuevo en camino—. Dele usted gracias por haber caído en mis manos; que si se quedara entregado a sus desvaríos, no tardaría en volverse loco. Ahora, calma y completa sumisión a lo que yo le ordene: soy su amigo, su protector y su médico. Prescribo, como remedio salvador, que prepare usted su espíritu y su voluntad para volver lo más pronto posible al estado eclesiástico. Todo lo que sea del orden de guerras y política, y el capitulito ese de la persecución de féminas, debe pasar a la historia. Basta de locuras. Sea usted sacerdote, y no eche el pie fuera de la sábana de una modesta posición eclesiástica... Adelante: va usted preso. Esta noche le vestiré, y ahora voy a decir que le dejen ir en un carro de sanidad para que no se fatigue.

A todo se prestó el aragonés, que había vuelto a ser pasivo, abdicando su voluntad en las voluntades ajenas, y sintiendo de nuevo la devoción del acaso. Siguieron andando todo aquel día y el siguiente. Por referencias supieron que Zumalacárregui no había tenido que expugnar a Durango por encontrar evacuada esta villa. Mas no queriendo emprender operación tan comprometida como el sitio de Bilbao, dejando una considerable fuerza cristina en la fortificada villa de Ochandiano, que domina el llano de Álava, resolvió acudir allá rápidamente. Dicho y hecho: embistió el pueblo y la torre que lo defendía; a los dos días se rindió la guarnición. Contemplando Zumalacárregui desde las alturas de Ochandiano el llano de Álava, en cuyas lejanías se distinguen las torres de Vitoria, sintiose encariñado con su pensamiento militar, de cuya ejecución le desviaba la obcecada terquedad de don Carlos. Aún esperaba convencer a este. Procurándose un excelente guía de ligeros pies, envió a Vergara un breve mensaje, que decía: «Ochandiano está en nuestro poder. Desde aquí contemplo el camino que tendremos que recorrer para proclamar a Vuestra Majestad en Vitoria, mañana, si Vuestra Majestad me autoriza para desistir de sitiar a Bilbao».

En Durango recibió por respuesta una lacónica pregunta: «¿Se puede tomar a Bilbao?».

Estrujando en su nerviosa mano el papel, Zumalacárregui exclamó:

—¡Como poderse tomar, sí!... Después, Dios dirá.

Los pocos días transcurridos desde la presentación en Vergara del capellán aragonés convertido en salvaje anacoreta, bastaron a Ibarburu para transformarle. Le afeitaron y vistieron, y con esto y el buen alimento parecía otro nombre, el mismo de antaño, solo que más enflaquecido y mustio. Al propio tiempo, ganó bastante en serenidad de espíritu y claridad del entendimiento, y parecía dispuesto a seguir las prescripciones de Ibarburu, encerrándose en la modestia de una vida eclesiástica rutinaria y sin pretensiones. Se le declaró libre de toda pena, atendiendo a que había sido hecho prisionero por los cristinos, y que estos le obligaron a combatir en sus filas so pena de la vida. Habiendo llegado a los propios oídos de Zumalacárregui estas amañadas historias, demostró interés por el desdichado capellán, y deseó verle.

La noche antes de la salida de Durango para Bilbao presentose Ibarburu con su amigo en el alojamiento del general, que era la casa-palacio de los Emparanes, y después de una breve antesala, fueron admitidos a la presencia de don Tomás. De tal modo se pintaba la tristeza en el semblante de este, que causaba lastimoso respeto a los que le veían. Sin duda la causa de ello era, además de la dolencia penosa, la inmensa tribulación de haber visto morir frente a Ochandiano a su entrañable amigo don Juan Francisco Alzaa, antiguo jefe de los voluntarios de Oñate.

Sintiose Fago cohibido en presencia del general, cuya figura militar y política ante sus ojos se agigantaba. Nunca le había visto tan soberanamente investido de la majestad que dan el talento superior y la honradez sin tacha. Poco le faltó al capellán, en su profunda emoción, para arrodillarse delante del caudillo y mostrarle un acatamiento incondicional, pidiéndole perdón por haber hecho armas contra él. Casi con lágrimas en los ojos, hizo ademán de besarle la mano, y lo habría hecho si el otro se lo permitiera.

—¿Qué cuenta usted, buen Fago? —le dijo el general con melancólica benevolencia—. ¡Ah!... ¿Sabe usted que el famoso cañón que me trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes servicios? Pero en Villafranca, el pobre Abuelo, cascado ya y medio chocho, se nos quedó inútil. Bastante ha servido el infeliz... Todo pasa, todo se gasta y todo se concluye.