Siguieron observando toda la mañana. Los sitiadores atizaban candela; pero la plaza les contestaba con brío, y pasó el día sin que se viese resultado favorable a la santa causa. Bilbao continuaba impávido, deseando función más brillante y decisiva.
—Es seguro —dijo Ibarburu al bajar de Artagán— que mañana dispondrá don Tomás el asalto de San Agustín.
—Don Tomás —replicó Fago secamente— no puede cometer el desatino de asaltar San Agustín hasta no batir los fuertes de Mallona, y apagarles parte de sus fuegos, si no todos.
—Me parece que usted entiende poco de asaltos de fortalezas.
—Y usted menos.
—¿Desconfía usted de la bravura de nuestros batallones?
—No..., pero tampoco creo que sean paja los batallones de Trujillo y Compostela, que defienden los fuertes de Mallona.
—Entonces, ¿qué cree usted, gran táctico?
—Creo que mañana castigará don Tomás los fuertes del Emparrado y del Circo, y luego quizás lance sus batallones al asalto.
—¿Contra San Agustín?