—No, hombre; contra Mallona, que es la parte más débil; y conquistada esta, desde allí intimará la rendición a la plaza, la cual, seguramente, contestará que no se rinde.

—¿Usted qué sabe?

—Lo sé.

—¿Tan poco puede don Tomás?

—Puede; pero no tanto como Dios.

—Ya sale usted con Dios... ¡Bah!... Es irreverencia pensar que Dios puede estar en contra nuestra.

—Lo está.

Parose Ibarburu para mirarle con enojo despreciativo, y sin decir nada más bajaron hacia Begoña.

El señor Mendigaña, pagador del ejército, a quien hallaron muy cabizbajo junto a la casa de Landacoeche, les dijo que el general no estaba bien de salud, y se había retirado a su alojamiento, donde daba las órdenes que se habían de ejecutar antes del amanecer del día siguiente. Pero aunque manifestara el propósito de recogerse pronto, lo mismo Mendigaña que el intendente señor Lázaro, que sus hábitos conocían, aseguraron que pasaría toda la noche discurriendo arbitrios y combinaciones para la decisiva jornada próxima.

Ibarburu retirose a su alojamiento, en una casa del camino de Lezama, y durmió como un santo. El capellán aragonés se pasó en claro la noche, que era hermosísima, revolviendo en su mente los probables episodios del sitio. Grabada en su memoria tenía la configuración de la villa en la hondura, los montes que la rodeaban, sus líneas de defensa. Todo lo veía como si delante tuviera un bien detallado plano. Veía el entusiasmo de los bilbaínos, sus vehementísimos anhelos de rechazar cuantos asaltos diesen los de arriba con todo el coraje del mundo. No eran ellos menos corajudos y tercos: eran del propio pedernal que sirvió de componente a toda la raza. La contienda sería por de pronto reñidísima. ¡Sabe Dios qué sucedería después, cuando no tuviera la facción un grande ingenio militar que la dirigiese!... Llegose hasta Begoña; vio luz en la habitación del general, y estuvo contemplando el cuadro de claridad un buen espacio de tiempo. Allí pensaba el grande hombre. Lo mismo que él, pensaba fuera, a la luz de las estrellas, el hombre pequeño e insignificante a quien todos tenían por tonto o lunático.