Al amanecer agregose a unos amigos que estaban tomando la mañana, y departió con ellos. Dijéronle que algunos batallones se preparaban para el asalto. Había, pues, confianza en que pronto les abrirían camino los morteros y obuses que sostuvieron el fuego el día anterior. Después se encontró a Ibarburu, que salía de su alojamiento, radiante de ilusiones. Dos oficiales que con él venían, manifestaron la convicción de que antes de tres días almorzarían en Bidebarrieta. A las ocho, próximamente, llegáronse los dos capellanes al alojamiento de Zumalacárregui, y le vieron salir, seguido de sus ayudantes y llevando a su izquierda a Mendigaña. Aproximándose al grupo todo lo que la etiqueta les permitía, oyeron decir a don Tomás:
—No he pegado los ojos en toda la noche.
Su mirada era febril, lívido el color de su rostro; su tristeza se disimulaba con la animación que quiso dar a sus palabras. Saludó sonriendo: más encorvado aún que de costumbre, se dirigió al palacio, desde cuyas ventanas observar solía con su anteojo las posiciones enemigas.
Rompiose el fuego. De abajo respondían con cañonazos, y algunos, pocos, disparos de fusilería. Los curiosos se guarecieron tras de la iglesia, y no había pasado un cuarto de hora cuando les sobrecogió un rebullicio de gente, saliendo del palacio. Algo había ocurrido que era motivo de grande alarma.
—¿Qué hay, qué pasa? —preguntaron.
Y nadie supo nada hasta que salió el cura de Begoña, pálido y descompuesto, y dijo:
—Herido el general..., poca cosa...
Y luego apareció Mendigaña con ampliaciones balbucientes de la noticia...
—No es nada, no hay que asustarse..., una rozadura...
Todo esto pasaba en menos tiempo del que en referirlo se emplea. Vieron bajar a Zumalacárregui por su pie, no más pálido que cuando subió.