Sin penetrarse bien de la profunda tristeza de estas palabras, ni del sentido pesimista que contenían respecto al curso futuro de la guerra, don Carlos quitó a la herida de su general toda importancia. Los médicos González Grediaga y Gelos le habían asegurado que dentro de quince días podría volver a campaña. Movió la cabeza en señal de duda Zumalacárregui, y no quiso contradecir los felices augurios de su señor y rey. Este le incitó a quedarse en Durango, donde le asistirían los facultativos de la Casa Real, y se le prodigarían exquisitos cuidados. Pero el herido se defendió con tenacidad de la obsequiosa protección de Carlos V, insistiendo en que le llevaran al retiro y quietud de Cegama. Fácil es al historiador penetrar en la mente del héroe, y ver en ella su repugnancia de la corte, y su aborrecimiento de los intrigantes que en ella bullían. Despidiéronse sin que mediara ninguna observación acerca del sitio de Bilbao, ni de las dificultades que ofrecía la desdichada operación impuesta por los conspicuos del Cuartel Real. Ya no volverían a verse más en este mundo don Carlos y Zumalacárregui, representación viva del absolutismo el uno, representación el otro de la formidable fuerza nacional que lo amaba y lo defendía. La idea y el brazo se separaban para siempre. En su respetuosa despedida, el gran caudillo parecía decir: «Ahí queda eso, señor. El que tanto ha hecho por Vuestra Majestad, no puede hacer más».
Y no bien salió don Carlos del alojamiento, se dieron órdenes para continuar el transporte de la camilla. Contento iba el general al partir de Durango, y al perder de vista las enfatuadas figuras de los cortesanos que acudieron a despedirle. Su amigo Mendigaña, pagador del ejército, le había dado treinta onzas a cuenta de las pagas atrasadas, y con ellas obsequió espléndidamente durante el camino a los granaderos que le conducían. Anhelaba llegar pronto a Cegama, donde le esperaban deudos y amigos cariñosos; perder de vista el ejército; descansar de la continua brega; olvidar sus propios esfuerzos físicos y espirituales, y la ingratitud, irrisorio galardón de tanta inteligencia y desinterés.
Impaciente, daba órdenes para que los granaderos se remudaran, a fin de acelerar el viaje, que era penoso a causa del calor y la distancia. Fumaba cigarrillos uno tras otro; en las cortas paradas hablaba con Capapé, su fiel amigo; con fray Cirilo; con los médicos, que le renovaban el emplasto para atenuar sus dolores, y con el curandero Petriquillo, que le auguraba sanarle en cuatro días por procedimientos de él solo conocidos. Agregándose al convoy en Abadiano, Fago marchó a retaguardia con la gente menuda, alejado de la camilla por virtud de una timidez aplanante, tristísima. No gustaba de ver de cerca al héroe. El sentimiento de emulación que llenaba su alma en los primeros días de conocerle y tratarle, trocábase ya en suprema piedad, y en adoración de las virtudes y méritos grandes del caudillo, méritos y virtudes que comprendía como nadie; y si antes tuvo la pretensión de penetrar en su mente, adivinándole las ideas militares o anticipándose a ellas, ahora creía también en la transfusión de su espíritu en el de Zumalacárregui, y viviendo dentro de él se recreaba en la placidez de una conciencia limpia, en la entereza de un morir cristiano, sereno, con la satisfacción de haber desempeñado un papel histórico, agradable a Dios, y de resignar su poderío terrestre en medio de la paz religiosa y de los consuelos de la fe.
Meditaba en esto el buen capellán, siguiendo al convoy, y se decía: «Morirá, morirá, sin duda. Es ley que tiene que cumplirse. Este endiablado Petriquillo paréceme instrumento de la fatalidad... Y yo me pregunto: ¿Qué pasaría si este hombre extraordinario no se muriera? Si yo me engañara y don Tomás curase, ¿qué resultaría del quebrantamiento de la lógica histórica? Porque su morir es lógico, es bello además, inmensamente humano y divino, consorcio de lo divino con lo humano. Si el general viviera, veríamos una falta de armonía en las cosas... No, no: debe morir, morirá. Allá se las compongan la ciencia y el charlatanismo para llegar a este resultado preciso... Yo no dudo, no puedo dudarlo. Dios me ha enseñado a conocer las oportunidades de la historia, y cuándo es bueno que ocurra lo malo».
XXXII
Penoso fue para el herido el largo trayecto de Durango a Cegama, por Elgueta, Vergara y Zumárraga, en día caluroso y seco. Remudándose con frecuencia los granaderos que transportaban la camilla, pudieron llegar al término del viaje ya entrada la noche. Si triste fue todo el camino, el paso por el valle del Oria, desde Segura para arriba, en la oscuridad, llevó a su mayor grado la tristeza de aquella que parecía procesión del Santo Entierro. Delante iban soldados con hachas de viento, alumbrando el camino. Nadie hablaba: el cansancio sellaba todas las bocas. Música de la fúnebre comitiva era el murmullo del río, que en aquella parte alta del valle donde nace, más bien es torrente. Venía bastante crecido, y sus saltos y cascadas espumosas resonaban con mugido profundo en el silencio de la noche. De Cegama bajaron hasta Segura, al encuentro del convoy, personas de la familia, el cura, muchos vecinos del pueblo, precedidos de faroles. Las movibles luces tan pronto iluminaban a las personas, como las dejaban en tinieblas. En la sombra no eran los rostros más tristes que en la claridad, pues nadie sonreía.
Entró por fin el convoy en el pueblo, atravesando la calle que conduce a la plaza de la iglesia, y deteniéndose frente a esta, en una calle pendiente y corta que parte de la esquina de la Casa Consistorial. Al extremo de dicha calle, que más bien es irregular plazuela, se alzaba la vivienda de la familia de Zumalacárregui, donde el general quería encontrar el reposo de su espíritu, el alivio de sus dolencias crónicas, y la curación de su herida. ¿Qué menos podía ambicionar quien tanto había hecho con notoria generosidad y desinterés? Pero no es cosa segura que los triunfos militares y políticos sean recompensados por Dios con los bienes terrenos, el mayor de los cuales es la salud. Por esto, el general, que también era un gran filósofo cristiano, no contaba con ninguna recompensa, y esperaba que cumpliera Dios su voluntad como quisiese.
A poco de entrar en la casa la camilla, fueron alojados los granaderos en el Ayuntamiento; los vecinos se metieron en sus hogares, y todo quedó en silencio y en sombría soledad. A Fago le brindaron aposento y cena los granaderos. Durmió toda la noche, y muy de mañana salió a reconocer el pueblo, empezando por la parroquial iglesia de San Martín, hermosa y grande como todas las de Guipúzcoa, pero de escaso interés artístico. Encajonado entre montes altísimos, al pie de la sierra que divide las aguas de Navarra de las del país vasco, el pueblo carece de horizontes. Fago lo vio encapuchado en nieblas; la humedad se mascaba; el frío penetraba los huesos. Entre Bilbao y Cegama, la diferencia de altitud determinaba temperaturas muy diferentes. Venían del riguroso verano a un otoño lacrimoso y desapacible.
Cuando el sol empezaba a calentar el suelo, disipando la neblina, el capellán, que ya había recorrido las cortas calles y callejas de Cegama, fue a casa del general para enterarse de cómo había pasado la noche. Desde la plaza de la iglesia, salvando un puentecillo sobre espumoso torrente que iba a aumentar las aguas del Oria, llegó a una elevada plazoleta, en la cual vio un caserón con ángulos de sillería almohadillada y ventanales de piedra, el cual bien podía pasar por palacio, conforme al tipo de construcciones de Guipúzcoa. En la puerta había guardia de granaderos; algunas personas del pueblo, gozosas, decían que el general había pasado buena noche, y que estaba tranquilo y contento. Anhelando más concretas noticias, entró Fago en el portal, cuadra enorme, empedrada, con unas grandes pesas colgantes en el testero de la izquierda. Allí había más gente, sentada en bancos o en troncos de castaño; caras conocidas: el señor Capapé, el ayudante Vargas, herido, que se unió al convoy en Segura, y andaba con muletas; caras desconocidas: el alcalde del pueblo y vecinos pudientes, algunos con sombrero de copa forrado de hule.
Del grandísimo portal partía la escalera, de piedra el primer tramo, lo demás de nogal venerable, casi negro ya, los peldaños desnivelados y lustrosos, crujientes bajo los pies de los que subían y bajaban. No atreviéndose Fago a subir, se contentó con preguntar a todos los que conocía. Las buenas noticias se confirmaban. Era cosa de pocos días, y antes de quince podía el general volver a montar a caballo. Fray Cirilo de Pamplona y el curandero Petriquillo, hombre menudo, inquieto, hablador, con la cabeza tan calva y negruzca que parecía una calabaza de peregrino, eran los más optimistas. En las caras de los médicos Boluqui y Gelos, a quienes vio bajar poco antes de mediodía, observó el capellán mayor reserva e inquietud. Y nada más digno de contarse le ocurrió aquel día, como no sea que hizo amistad con el cura, el cual le enseñó toda la iglesia, la sacristía, vasos y ornamentos, y las habitaciones altas de donde se dominaba la villa y sus arrabales.