Pasaron días, y la vida del aragonés compartíase entre un largo plantón en el portal de la casa de Zumalacárregui, por saber noticias, y un vago pasear por el pueblo. Al aproximarse a la residencia del general, solía detenerse en el puentecillo que salva el afluente del Oria, un riachuelo torrencial que al pie de los muros de la cercana huerta se remansa, y sirve de lavadero a todas las mujeres de aquel barrio. Apoyando los codos en el pretil del puente, se pasaba allí el hombre largos ratos, viendo a las mujeres con media pierna dentro del agua, golpeando la ropa y charlando en su jerga vascuence, de la cual no entendía una palabra.

A los tres días de esta vida se sintió enfermo, con mal semejante al que había tenido en Aranarache. Era reproducción de la fiebre nerviosa, un acceso leve quizás, y para reponerse admitió la hospitalidad con que le brindó el sacristán de San Martín. En casa de este le dieron una regular estancia, y cama muy buena, donde pasó tres días, curándose solo con agua azucarada y algún caldo. Cuando le pareció que podía darse de alta, echose a la calle; pero apenas se podía mover, y agarrándose a las paredes fue a informarse de cómo iba la herida del general. Dijéronle que las opiniones de la Facultad estaban divididas. Quién creía que la herida se enconaba, y que el enfermo estaba peor de su mal crónico; quién que la inflamación de la pierna sería pasajera, y que se resolvería favorablemente en cuanto extrajeran la bala. En esto, díjole Capapé que, habiendo dado cuenta al general de que el capellán Fago permanecía en Cegama, había manifestado deseos de verle, y no necesitó más el buen aragonés para pedir que le proporcionaran la dicha de ofrecer sus respetos al héroe y mártir. Aún tuvo que aguardar un ratito, que un siglo le pareció.

Salieron varias personas, entre ellas el cura; poco después el mismo Capapé le invitó a subir. En lo alto de la escalera recibiole una señora menudita y ligera que andaba por aquellos pavimentos lustrosos sin que se le sintieran los pasos. Era la hermana del general; sonrió al verle; le hizo pasar a una sala muy limpia y ordenada; esperó el capellán un rato, en compañía de un niño de unos doce años, sobrino de don Tomás, y una niña de menos edad, con quienes habló, observando en sus rostros agraciados el aire de familia. Luego la misma señora de los pasos ligeros le llevó, por un corredor que rodeaba la escalera, a una habitación de mediano tamaño, con ventana a la huerta y al torrente donde lavaban las mujeres. En el ángulo interno de dicho aposento estaba la cama, y en ella el general, sentado, descansando el busto y cabeza sobre un rimero de almohadas. Afectó penosamente a Fago la demacración de su rostro, la lividez de las ojeras, el afilamiento de la nariz. No obstante, en medio de sus torturas, el general se había hecho afeitar; bajo la amarilla piel, se le marcaba el afilado hueso maxilar, como cuchillo envuelto en una funda. A los pies de la cama había un arcón de nogal, mueble muy común en las casas de aldea. Tenía el enfermo a su derecha la pared, a su izquierda una mesilla sobre la cual colgaban, junto a una pilita de plata repujada, algunas imágenes sujetas al clavo con lazos de seda. Sobre la cabecera de la cama, casi tocando con los pies la cabeza de Zumalacárregui, había un crucifijo, y enfrente, entre la ventana y el ángulo externo, un niño Jesús de tamaño poco menos del natural, sobre un altarito y bajo dosel de raso violeta bordado con lentejuelas de plata. Lo demás de la pieza era insignificante.

Sentose Fago en el arcón, a los pies de la cama, y tanta timidez y cortedad sentía que apenas osó decir al general cosa alguna, fuera de las palabras elementales referentes a la salud, mejor dicho, a la enfermedad. Se sentía sobrecogido por la solemnidad misteriosa de la estancia, que le parecía santuario, y el enfermo un ser de algún reino inmediato a los cielos, ya que no de los cielos mismos. Ni podía acostumbrarse a ver en él al guerrero... No era, no, el bravo caudillo que discurría las admirables suertes estratégicas: era un santo consumido en la devoción y en las penitencias. Su palabra, ya cavernosa, llegaba a los oídos de Fago con un son remoto, como ahilado por la distancia.

—Los médicos —dijo— me aseguran que voy bien. Pero yo no acabo de creerles, amigo Fago. Y usted, ¿qué tal se encuentra? Me han dicho que ha estado usted malucho. Quizás no le siente este clima. A mí me gusta. Detesto el calor; me he criado en la humedad y en el frío de los montes de Guipúzcoa, y prefiero esta tierra, no solo para vivir, sino para morirme.

—Yo también —afirmó el capellán Fago con arranque espontáneo—. Crea vuecencia que me gustaría morirme aquí mejor que en otra parte...

—¡Hombre, qué quiere usted que le diga! Murámonos donde Dios lo disponga. Lo mismo da.

—En los tiempos que corren —dijo Fago contagiado de la intensísima melancolía del general—, tiempos de guerra y matanzas, en que vemos despreciada la vida de los hombres, nos morimos aquí o allá como si nos bebiéramos un vaso de agua..., y nos quedamos tan frescos.

—Dice usted bien: la guerra es una gran escuela de resignación. Pero tal como la hemos hecho nosotros, y como la harán los que me sucedan a mí, no hay naturaleza que la resista. El que no muera de una bala, morirá de cansancio, o de los disgustos que se ocasionan...

—La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes directamente interesa... Verdad que si tuvieran que hacerla ellos, quizás no habría guerras, y los pueblos no se enterarían de que existen estas o las otras causas por las cuales es preciso morir.