Al oír esto, Zumalacárregui permaneció un instante silencioso mirando al techo.
—Pienso yo, mi general, que nos afanamos más de la cuenta por las que llaman causas, y que entre estas, aun las que parecen más contradictorias, no hay diferencias tan grandes como grandes son y profundos los ríos de sangre que las separan...
Tampoco a esto contestó nada el general. Dio un cigarro a su amigo; encendieron ambos en una estufilla colocada en la mesa próxima a la cama, y al poco rato el herido reanudó la conversación, desviándola del terreno resbaladizo a que Fago quería llevarla.
—Yo le alabo a usted, señor capellán, el gusto de preferir la religión a la guerra. Al saber que tomaba asco a las cosas militares, me confirmó en la buena opinión que de usted tenía. Siempre me pareció usted un hombre de superior entendimiento, apto para todo.
—Vuecencia me favorece demasiado. No soy apto para nada.
—Me gusta la modestia, pero no tanta... Digo que ha hecho bien en volver a su vocación antigua, que es la verdadera. Y aunque usted posee dotes militares, bien lo he conocido, ha hecho bien en quitarse de esos afanes y de esos peligros, casi siempre mal recompensados. Vuélvase a su estado religioso, que allí encontrará el premio. Los méritos de guerra, por grandes que sean, no tienen recompensa ni aquí... ni allá.
—Lo mismo creo, mi general... Y aquí me tiene usted sin vocación ninguna, pues todas las he perdido, y con toda verdad le digo que no sé a dónde han ido a parar. No tengo más que un deseo: el descanso. Y vuecencia me dirá: «¿Cómo puede estar cansado quien nada ha hecho?». Respondo que se cansa uno del tráfago del pensamiento tanto como de las acciones repetidas, obra del cuerpo y la voluntad. Se cansa uno de pensar lo que no hace, como se cansa de hacer las cosas pensadas por sí mismo o por otros. Yo soy hombre concluido. En cortos años, mi vida ha sido muy larga.
—No este usted tan descontento de sí mismo —le dijo don Tomás revolviéndose con trabajo en su lecho—. Serénese, y la vida le abrirá nuevos horizontes. Es usted joven: la religión le dará los alientos que hoy no tiene.
Creyó notar Fago que el general sentía vivos dolores, y que los disimulaba por atender a la visita. Se levantó para retirarse.
—Mi general —le dijo—, vuecencia necesita descansar, y estoy molestándole.