—Hombre, no... No tenga usted prisa... Estos malditos dolores no me dejan, no me dejan... ¡Qué le hemos de hacer!... Sufriremos todo lo que podamos. Ahora dicen esos señores que será preciso extraerme la bala, y que cuando la saquen me pondré bien. Allá veremos. Les he dicho que corten y rajen cuando quieran...

—Mi general —añadió Fago, viendo entrar a la señora de los pasos ligeros—, estoy molestando a vuecencia... Me retiro... Quiera Dios darle el alivio que merece.

—Bueno, amigo Fago: si desea marcharse, no le retengo más. Usted..., me parece..., también debe cuidarse.

—¡Mi vida es tan poco útil!... No digo naciones ni partidos; pero ni aun familia, ni persona alguna dependen de mí.

—¿Es usted solo?

—Tan solo, que no teniendo más que a mí mismo, paréceme que tengo mucho.

—Hay que cuidarse..., conservar la vida todo lo que se pueda... Adiós, amigo Fago.

—Mi general, adiós.

—Y ya charlaremos otro poco..., sabe Dios dónde y cuándo... Adiós.

—Adiós.