—Señor don Tomás, ¿qué deja usted, y cuál es su última voluntad?

Con la apagada voz que le quedaba, respondió el general:

—Dejo mi mujer y tres hijos, únicos bienes que poseo. Nada más tengo que poder dejar.

En tan aflictivas circunstancias, pudieron apreciar los que tal frase oyeron la soberana modestia del héroe, mas no el profundo humorismo con que había expresado su pensamiento. Daba prisa él mismo, sintiendo que se le concluía la vida, y con la resolución que empleaba para ordenar los movimientos de una batalla, mandó que le llevasen el Viático. Los médicos opinaron que se le debía obedecer inmediatamente.

Púsose en movimiento el clero de la parroquia. Pueblo y granaderos acudieron en masa. Fue solemne y patético el acto. Crujían las viejas tablas de la escalera y de las habitaciones altas al peso de las muchas personas que subieron: señores y aldeanos, curas y militares. Cuando el general recibió a Dios, diríase que la impaciente vida se le mantenía suspensa, en espera de un acto que las creencias del moribundo hacían inexcusable. No bien terminó el sacerdote las preces, acabó de apagarse el conocimiento del general. Su hermano político, juntando cara con cara, le llamó. En sílabas ininteligibles articularon los labios del moribundo la respuesta que, por venir de tan lejos, ya no podía ser entendida. Capapé, llorando como un niño, le besaba las manos. El fraile y la señora de los pasos ligeros rezaban y lloraban de rodillas. A las diez y media dejó de existir el grande hombre. Alma y brazo de la monarquía absoluta, la causa que por él y con él vivió, con él moría. Aunque el ideal carlista no haya adquirido el santo reposo, enterrado fue con los huesos de Zumalacárregui bajo las losas de la iglesia parroquial de Cegama... Es que algunos muertos descansan, y otros no.

Honda consternación, duelo inmenso produjo en la humilde villa el doloroso acontecimiento, cuyo alcance político y social comprendían pocos, quizás ninguno, en el pacífico vecindario. Veían desaparecer al más afortunado caudillo de la causa; pero no dudaban que esta, con la ayuda de Dios, encontraría herederos de las aptitudes militares del grande hombre. Otros lloraban al amigo, al jefe queridísimo que terminaba su vida de increíbles proezas, de trabajos hercúleos, con la dulce tranquilidad de un santo. Caudillo de un poderoso ejército, apóstol de una causa formidable, moría en absoluta pobreza, y hasta le faltaba ropa militar con que pudieran amortajarle conforme a su categoría. De lo que a cuenta de sus pagas le dio Mendigaña al salir de Bilbao, poco se encontró en sus bolsillos: casi todo lo había empleado en gratificar y obsequiar a los granaderos que le transportaron en hombros desde la plaza en mal hora sitiada.

Fueron panegiristas del insigne muerto en aquel triste día de San Juan todos los que en vida le habían amado: los cuatro ayudantes, el fraile Cirilo, Capapé, la hermana, el cuñado y sobrinos. El único de los buenos amigos que nada dijo ni pudo decir, fue el buen capellán aragonés José Fago. Todas sus ideas y apreciaciones sobre la vida y muerte del insigne pastor de tropas, se las reservaba para mejor ocasión. ¿Qué le había ocurrido? Pues nada. Al mediodía del mismo aciago 24, el sacristán, extrañando no verle, entró en el cuarto donde dormía, y le encontró inmóvil sobre la cama, boca abajo. Por más que le llamaba, añadiendo a la palabra tirones de orejas y estrujones en los brazos, el capellán no daba acuerdo de sí. ¡Qué había de dar si estaba muerto!...

Más muerto que su abuelo. Corrió el sacristán a contar al cura la inopinada desgracia, y ambos la comentaron con grande sorpresa y aspavientos de aflicción.

Sentía el cura de todas veras que el capellán hubiese muerto sin los auxilios espirituales; mas no teniendo remedio el caso, no había que pensar más en ello, y lo único procedente era enterrarle y encomendar a Dios su alma.

—Dios sabrá lo que le conviene —dijo el cura.