Y el sacristán:
—Señor don Florencio, la muerte de este hombre es cosa de grande confusión. No sabemos qué enfermedad padecía, aunque para mí era un mal de la cabeza. No regía bien de las entendederas. Decía cosas muy raras, y peores eran las que se callaba. Anoche, cuando se acostó, fui a verle. «¿Qué se le ofrece, señor?». Y me contestó: «Un vasito de agua». Luego no decía más que «nos morimos, nos morimos», y dale con que nos morimos.
—Puesto que tu huésped enfermo —le dijo el cura—, tan a poca costa te ha salido por alimento y botica, encomiéndale a Dios fervorosamente, si fue bueno, porque fue bueno; si fue malo, porque fue malo. Con nuestras oraciones y nuestros sufragios cumplimos, y a Dios toca darle su merecido.
Oídas estas graves razones, ya no pensó el sacristán más que en enterrar a su difunto, y ello hizo el 25 por la mañana, poco antes del entierro y funerales de Zumalacárregui. A este le vistieron de frac, por no tener uniforme de general. Asistió todo el pueblo con profunda desolación.
Cuando le sacaron de la casa para llevarle a la iglesia en hombros de los fieles granaderos, se produjo en la multitud un silencio grave. No se oía ni el bullicio de los pájaros en los árboles de la huerta próxima y en las márgenes del torrente. Casi todas las mujeres que lavaban, los pies en el río, suspendieron su tarea. Unas rezaban, otras seguían con curiosa mirada el tristísimo cortejo. Digo casi todas, porque una de ellas, la más joven quizás, alta, morena, ojerosa, se mostró insensible al duelo general, y mirando al agua enturbiada por el jabón, dijo con cruel entereza:
—Bien muerto está... Mandó fusilar a mi padre.
FIN DE «ZUMALACÁRREGUI»
Madrid, abril-mayo de 1898.