—Padrico del alma —dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que era mujer legítima de un urbano—, lléguese a ver qué pasa...
—Por lo visto —replicó Fago—, se han roto las hostilidades, y creo que los señores cívicos lo pasarán mal.
—Son tercos, y morirán antes de rendirse —observó otra llorando, pero sin perder la entereza.
—Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo —indicó una tercera—. Si les dan cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho ya por la bandera urbana y por la reina chiquitita. ¡Ay, Dios mío, qué será de ellos!
—Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.
—Que vivan, aunque tengan que entregarse.
—No, no..., rendirse no. Cada uno mira por la honrilla... ¡Que viva el Cuerpo!
—Eso, eso... Lo primerico, el Cuerpo.
—Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno..., de una también, porque lo que aquí sobra es patriotismo.
Pronto se enteró Fago de lo que ocurría, que era lo más sencillo, lo más conforme a la marcha natural de los acontecimientos. Salvadas las mujeres, se rompieron de nuevo las hostilidades con recrudecimiento de fiereza por una parte y otra. Hacia el mediodía preguntaron los urbanos si daban cuartel, y como les respondieran que no, siguieron apurando su defensa con la débil esperanza de que por cansancio levantasen los facciosos el sitio y se largaran a expugnar otro pueblo. Pero lo que hicieron fue atizar más el fuego de la iglesia, y abrir una comunicación directa de esta con la torre, para que el humo envolviera completamente a los sitiados. La tarde fue para estos angustiosa: el humo les ahogaba, y recalentada toda la fábrica, sentían que se les quemaban las plantas de los pies. Al anochecer, lograron los facciosos arrojar materia combustible en la parte baja de la torre. La mitad de los urbanos o habían muerto o estaban fuera de combate; los restantes aún hacían fuego desesperados, al amparo de las campanas, y de tiempo en tiempo gritaban: «Cuartel, cuartel»; pero de abajo respondían: «Discreción, y pronto, pronto».