Con estas noticias, que Fago llevaba a la tribu de urbanas acampadas en las eras y corralizas del pueblo, las pobres mujeres no hacían más que llorar y lamentar su suerte. Esposas eran algunas, hermanas otras, arrimadas las menos: todas amaban en diferentes estilos. Tan pronto rezaban invocando a la Virgen y a los santos con fervor sincero, como arrojaban de sus bocas horrendas maldiciones contra la facción, contra su general, su rey, y el demonio que los trajo al mundo. La gallarda Saloma decía:
—¡Que no se rindan, contro!... Tú no te rindes, Mediagorra; ¿verdad que no te rindes, maño mío?
VI
A media noche, los urbanos que aún vivían, no pudiendo resistir más el calor que les abrasaba, medio locos de furia, de hambre y de sed, dejaron de hacer fuego. Lentamente descendieron por las escalas, tiznados, los ojos enrojecidos, manos y pies como carbón. Al llegar al suelo apenas podían tenerse en pie.
—Vamos, hombres —les dijeron—, por zoquetes os pasa esto. Ved aquí lo que habéis adelantado con vuestra terquedad.
—Qué..., ¡recontra! ¿Nos van a fusilar? —preguntó el más significado de ellos.
—Naturalmente —replicó el capitán, con toda la naturalidad del mundo en la entonación de la palabra—. Pues ¿qué queríais?... Vaya, que os traigan un trago de vino.
—Chiquio —dijo uno, que era de Borja—, nos mandan al pocico.
—Qué..., ¿te pena?
—Mia que yo...