Aterrado se alejó Fago, y no sabía cómo dar la tremenda noticia a las mujeres. No se atrevió a decirles más que esta frase:
—Se han rendido... Ahora los de abajo les convidan a vino.
Prorrumpieron en chillidos las mujeres, gritando:
—Les dan la bebía: es la señal de afusilar.
La más brava era siempre Saloma, que dijo:
—Mediagorra no tiembla... ¿Qué ha de temblar si es de bronce?
Desde media noche empezaron las tropas a evacuar el pueblo. Salieron primero el 7.º y 5.º de Navarra; luego los granaderos, el Cuartel General. Zaratiegui partió a las dos, y Eraso quedó el último. El vecindario no pudo entregarse al descanso, pues como se levantara viento, temieron que el fuego cundiera de la iglesia a las casas próximas, y se quemase todo Villafranca. Ocupáronse con los soldados del 3.º y parte de los Guías en cortar el incendio, y los del 1.º de Guipúzcoa ejecutaban la orden de vaciar las cubas de vino en las casas y bodegas de cristinos, resorte de guerra que se empleaba siempre en la Ribera, a fin de empobrecer al enemigo y aterrar a los labradores desafectos. Corría el líquido por las calles, mezclándose en algunos sitios con el rojo de la sangre, tan fácilmente derramada como si los cuerpos humanos fuesen odres que se vacían para volverlos a llenar.
Las urbanas quisieron reunirse a sus hombres. Aún ignoraban algunas de ellas si el suyo o los suyos habían perecido en la torre, o estaban entre los vivos condenados a muerte. Corrieron hacia la plaza; pero el movimiento de la tropa que evacuaba el pueblo les cortaba el paso a cada instante, y en la oscuridad de la noche se separaron en diferentes grupos, se perdían, volvían a encontrarse para separarse de nuevo. Llamaban a los suyos: nadie las escuchaba. No faltaron gentes piadosas del otro bando que las auxiliaban y querían consolarlas. El incendio, medio extinguido ya, alumbraba muy poco; la noche era lóbrega; no soplaba viento; el humo pesaba sobre las angostas calles; el olor de madera quemada infestaba toda la villa; no se respiraba aire, sino ambiente de maldiciones mezcladas a un aliento insano, como transpiración de enfermo corrupto. Sin llegar a donde querían ir, porque los cordones de tropa se lo impedían, cada una de las urbanas iba por su lado, como en los viajes de pesadilla, revolviéndose por las calles, siempre a oscuras, entre el vértigo de los soldados y paisanos que corrían de un lado para otro. Con Saloma y Claudia iba Fago, decidido a consolarlas en su tribulación, y encontraron a otras dos, y los cinco se dirigieron por una callejuela que conducía a la ermita de San Bartolomé. Habían oído decir: «Por ahí los llevan», y corrieron tras el tumulto. No bien llegaban a unos treinta pasos de la ermita, un pelotón de soldados les cortó el paso. Detuviéronse ellas y él aterrados, sin resuello, con la corazonada de un inmenso duelo. Oyeron una exclamación salvaje, horrendo coro de seis, ocho o veinte voces (no se podía apreciar el número) que con desconcertados y roncos acentos gritaba: «¡Muera Carlos V!...». Siguió una descarga cerrada, varios disparos sueltos..., después un silencio lúgubre.
¡Pobres urbanos! ¡Así pagaban su tenaz constancia celtibérica! ¡Así se derrochaba el tesoro inmenso de la energía española! ¡Es verdadero milagro que después de tan imprudente despilfarro del caudal por uno y otro bando, todavía quedara mucho, y quedará siempre, y quede todavía!
Pues, señor, Fago se encontró solo con Saloma. La Claudia había dado un salto y desaparecido en dirección del sitio de la hecatombe. Otra de ellas yacía desmayada en el suelo. Al oír la descarga, Saloma, a quien el capellán quiso tapar la boca para que no gritase alguna barbaridad que les comprometiera a todos, le mordió la mano, y tanto hincó los dientes que al buen cura le quedó señal para mucho tiempo. Luego, dando un resoplido, con ronca voz dijo: