—Acábate, mundo, pa no ver esto... ¡Ay, ay!..., padrico, lléveme a donde pueda gritar y desahogar todo este veneno de mi alma.

El movimiento de la tropa, que regresaba del lugar del suplicio, obligoles a volverse por donde habían venido; pasaron junto a la plaza, donde no se respiraba más que humo fétido (porque en los últimos momentos del sitio de la torre habían quemado en el interior de esta gran cantidad de pimentones, a fin de asfixiar más pronto a los sitiados); pasaron de largo a toda prisa; buscaban la salida del pueblo por el lado del río, y en el arrabal encontraron a otras dos urbanas, que se arrancaban los pelos en el paroxismo de la desesperación, rodeadas de gentes compasivas que con palabras piadosas y dulces trataban de mitigar su pena. Sin detenerse más que breves momentos, Fago y Saloma siguieron adelante, pisando fango, resbalando sobre el suelo reblandecido, metiendo los pies en charcos inmundos.

—Pisamos sangre humana —dijo el clérigo con terror.

Y replicó Saloma:

—No, mosén, que es vino. ¿No vio que soltaban las cubas?

Llegado que hubieron a la salida de Villafranca, se desviaron de la dirección que llevaba la tropa, y Fago se plantó de pronto diciendo:

—¿Pero a dónde voy yo? Tengo que seguir al ejército, hasta reunirme con el Cuartel Real.

—¿Con esos, va usted con esos?

—Naturalmente... Son los míos.

—Pues los míos, ¡recontro!, son los otros —gritó la moza con ronca fiereza, agitando las manos tan cerca de la cara del cura, que este creyó que le abofeteaba—. Los otros, sí..., y este don Zamarra, general Meampucheros, me la tiene que pagar.