—No seas loca, que las mujeres nada tienen que hacer en estas guerras.

—¿Que no? ¿Que no somos guerreras nosotras? Ya lo verán —dijo con exaltación delirante—. ¡Muerto Mediagorra! Pus ¡viva Mediagorra, vivan los hombres que saben morir con decencia! Soy de Borja, padrico. He mamado de la teta del Moncayo... No sé hablar más que con hombres valientes, ea... Si es usted falso (cobarde), buenas noches.

—Yo no soy falso ni valiente: soy sacerdote.

—Pues oiga: en Cadreita, dos leguas de aquí, hay un cura que ha levantado una partida liberal, y mata faiciosos como moscas.

Vade retro. Ese será un perdido.

—Un ganado... Si quiere, nos vamos allí.

—¿Yo? ¿Por quién me tomas? Soy capellán del Cuartel Real.

—Buen provecho. ¡Mia que rey ese!...

—Es rey, el monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y usurpación de los impíos y masones de Madrid. Pero el infierno no puede triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras para probar a los buenos.

—¿Y los buenos son esos, esos, los de don Zamarra? —preguntó la baturra, picaresca, con toda la malicia y desvergüenza del mundo en su bello rostro—. ¿Lo cree usted, padrico?