—Como esta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos indiscutibles de don Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden al verdadero rey y al Dios verdadero.
—Y yo creo que es usted bobo. Mia que Dios... ¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?
Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y halláronse sin saber cómo en el camino por donde marchaban las tropas. Un mozo de los que habían conocido a Fago en Falces se llegó al grupo, y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo:
—Mosén Custodio, no se deje engañar de esa. La conozco, y sé que es muy perra.
Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro, llevando la mejor parte Saloma, que le dijo:
—Anda allá, falso... ¿Tú quién eres? Un hambrón... Has venido aquí pa comer, porque en tu casa no lo hay.
—Vete, vete pronto a orilla de los guiris.
—Sí que me voy. Y tú y Zamarra..., detrás de la boñiga del legítimo.
—A mucha honra.
—Y yo voy onde quiero. Con bustedes si me da la gana.