Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a subir con ellos a una de las galeras.

—¡Mia que yo...! Voy a Cadreita, donde dejé mi legítima..., la burra, hombre... Allí me monto, y muera la faición.

—Anda, saltamontes, zanganota.

—Llévense al mosén, que está arguelladico.

Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los chicos, a los que amenazaba con su bastón, diciéndoles:

—Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?

—Allí está, señor. Monte cuando guste.

Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció por estar encorvado, calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.

—Sí, sí —respondió tímidamente—: soy José Fago.

—Véngase conmigo, y por el camino comeremos un bocadito.