Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor consejero de Castilla, don Blas Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones de haberse extraviado en el camino, quedándose en la retaguardia del ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era posible las cascarrias de sus balandranes, se asearon un poco, y se fueron tan ternes al cercano monasterio de bernardos de Oliva, con objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su alojamiento. En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el rey, por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la reverencia les agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era más fácil distinguir al pretendiente que al soberano. Hicieron los dos clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el estómago con bizcochitos y vasos de vino que en el refectorio ofrecían los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado andar, charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al otro clérigo confidencias tan interesantes que es forzoso reproducirlas punto por punto.

—Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo lo que siento y todo lo que discurro, ¿qué mejor ocasión que la presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote puede escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión de conciencia. Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme con buen criterio. Creo que no hay que repetir los antecedentes.

—No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida licenciosa de seglar. Era usted un libertino; el demonio le tenía entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no cometiese... Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición..., todo lo recuerdo bien. Después vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar el alma perdida... El demonio entregó su presa... Muy bien. Se hizo usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma, eliminando de ella hasta las últimas heces del pecado y los vicios... Perfectamente.

—Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con Ulibarri...

—Sí, sí... Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y... ¡conflicto extrañísimo y altamente patético! Dios le puso frente al hombre que había ofendido..., ¡y en qué situación uno y otro! Reo él, usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano de Dios!... Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción que usted sufriría... Sin el favor del cielo, habría usted perdido la razón, amigo mío.

—Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en aquella ocasión terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este siervo indigno.

—Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro del alcalde de Miranda me es desconocido.

—Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de pensamiento que me tiene en grandísima zozobra.

—¿Conciencia?... ¡Hola, hola!

—Aguarde usted... Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha impresionado profundamente...