—Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables víctimas...

—No, señor: eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo, quiero que me dé usted su opinión sobre un punto que creo elemental, y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo pregunto: ¿Dios autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los combatientes, amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos los que derraman sangre humana?

—Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.

—¡Los derechos de Dios! ¿Qué es eso?

—Hombre, la fe... Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre dos que luchan, Dios ensalzará al que le adora, y hundirá al que le escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes ejemplos en la historia sagrada y profana.

—No acabo de convencerme, señor mío... Dios ha dicho: «No matar».

—Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la verdad y la justicia, otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan las espadas. Dios ha dicho: «No matéis»; pero...

—¿Pero qué?

—Digo que es forzoso impedir, como se pueda, que el mal impere sobre la tierra.

—Y esto solo se consigue matando.