—Cualidad es esa, amigo mío, que puede conducir a la gloria, o a grandes desastres y miserias... Ya comprendo. Vio usted al general y se dijo: «Todo lo que tú has hecho lo habría hecho yo. Aquí hay un hombre que se siente con bríos para eclipsar tus empresas».
—Exactamente.
—Antes de pasar adelante, dígame usted: al abrazar el estado eclesiástico, guiado, como ha dicho, por una vocación más o menos verdadera, ¿sintió usted también el estímulo de sobreponerse a las personas religiosas?
—No he visto personas religiosas que despertaran en mí esa emulación. Ya ve usted que digo todo lo que pienso con absoluta sinceridad... Yo sentía, sí, anhelo de igualarme a los santos.
—¿A los santos? Brava ambición a fe mía.
—Pero no he hallado atmósfera donde pudiera fomentarla. He conocido sacerdotes ejemplarísimos, sí; pero me ha parecido tan fácil igualarles y aun superarles, que la emulación apenas se ha manifestado en mí, y no he sentido por ello la menor inquietud... Pero si no he encontrado atmósfera de santidad, sencillamente porque no la hay, he encontrado atmósfera guerrera y política. La historia viva, tan patética y hermosa; la presencia de un hombre que rebasa la línea de la multitud, me han trastornado. Aquí, en el seno de esta dulce confianza que entre los dos se ha establecido, hablando con el amigo, con el confesor, yo me despojo de todo artificio de falsa modestia para decir: «Lo que ha hecho Zumalacárregui, lo habría hecho yo...», no se ría usted de mí..., lo habría hecho yo tan bien como él..., y si me apuran, diré que mejor. Mi carácter ha sido siempre de una franqueza escandalosa. No oculto nada de lo que siento.
—Señor mío —dijo Ibarburu, con un granito de sal irónica—, hace usted bien en manifestar tan sin artificio sus pensamientos. Ahora, vengan los hechos a demostrarnos que usted no se equivoca.
—La realidad, la maldita realidad —afirmó el otro clérigo con pena— siempre se compone de modo que mis ideas resulten burladas. Llegué tarde a la santidad; llego tarde a la guerra. Otro ha hecho lo que yo habría podido y sabido hacer. Crea usted que esto de organizar tropas, convirtiendo en batallones aguerridos las bandas de campesinos indisciplinados, es en mí un instinto poderoso que vengo alentando desde la tierna infancia. La obra de este hombre, hermosa en alto grado, paréceme que es obra mía, y que mi espíritu se ha introducido en él para inspirarle sus resoluciones... No se ría usted, que esto no es cosa de broma. Digo todo le que siento... Pues bien: yo llego tarde al terreno de los hechos. ¿Qué puedo esperar? Que me pongan en filas, que me den el mando de una compañía...
—Ciertamente: por algo se empieza; y si su valor y pericia responden a esos alientos, podrá usted prestar eminentes servicios a la causa sacratísima de la religión y del rey.
—¡Ay, amigo mío —replicó Fago con desaliento—, como digo lo uno digo lo otro! O sirvo para todo, o no sirvo para nada... Dudo que en una situación subalterna pudiera prestar servicios eficaces... Entendámonos: digo que lo dudo; no niego en absoluto que pueda prestarlos... Sea lo que quiera, he llegado tarde a la guerra, como llegué fuera de tiempo a la santidad.