—¡Quién lo sabe! En una y otra esfera no hay linderos para el hombre de gran corazón, de inteligencia poderosa.

—Los hay, sí, señor, y la emulación queda reducida a un anhelo impotente, horrible suplicio del alma... Puesto que todo se ha de decir, sepa usted que toda mi vida he sentido en mí la conciencia estratégica, la apreciación de las distancias, de las alturas, del obstáculo que ofrecen los ríos... Yo conocía que en mi espíritu se formaba un arte, una ciencia; pero no se me presentó nunca la ocasión de aplicarla... Ahora ¿de qué me sirve sentir intensamente la geografía militar..., y le advierto a usted que conozco la de este país palmo a palmo, porque si no guerrero, he sido cazador, y allá se va lo uno con lo otro..., de qué me sirve, digo, sentir la distribución, marcha y colocación de tropas sobre el terreno, y saber calcular, al menos yo me lo creo así, un ajuste perfecto entre el tiempo y la acción?... Si he de manifestar todo, todo lo que me bulle por dentro, sin falsa modestia, diré que hoy veo el desarrollo de la guerra, paso a paso; y puesto yo en el lugar de Zumalacárregui, me sería muy fácil llevar triunfantes las banderas de Carlos V a la orilla derecha del Ebro, ganar Burgos y Zaragoza, y plantarme en Madrid, terminando la campaña en cuatro meses.

—Oh, no crea usted que me parece un disparate —dijo Ibarburu, frotándose los soñolientos ojos—. Yo no me siento, como usted, capaz de tan grande hazaña; pero de que puede y debe realizarse no tengo duda.

—¿La realizará este buen señor?

Fatigado ya de tanta conversación, y contemplando con envidia el sueño beatífico del auditor, Ibarburu no respondió sino con monosílabos pronunciados en bostezos:

—¿No le parece a usted, amigo Fago, que debemos echarnos a dormir y dejar para mejor ocasión eso de si vamos o no vamos triunfantes a Madrid... la semana que viene?

Dicho esto, empezó a desnudarse, mientras el otro, sin ganas de dormir, se paseaba por el largo aposento, con las manos a la espalda. Temeroso de haberle lastimado con la última expresión, un tanto burlona, agregó Ibarburu palabras afectuosas:

—Mañana trataremos de que se presente usted al general y hablé largamente con él. Conviene que don Tomás le conozca... Es hombre muy perspicaz, ¡oh!..., gran catador de caracteres... Escóndase el mérito todo lo que quiera, ¡ah!..., yo le respondo a usted de que ese lo descubre..., y es más, yo le respondo a usted de que lo utiliza.

—¿Le trata usted?

—¿Al general? Hombre, ¿cómo no? Y me distingue mucho. Yo he venido a la guerra con Iturralde. Soy, pues, más antiguo aquí que el general mismo. Respondo de que será usted bien recibido.