—¿Crees también que está condenado el bello sexo? —le preguntó Fago con un poquito de socarronería.

—Condenadas todas no —replicó el otro con autoridad—, porque algunas hay buenas..., aunque pocas... Pero que el infierno está lleno de mujerío, no lo duden ustedes.

—¿Verlo tú, pues, padre? —preguntó Chomín.

—No necesito verlo —dijo el solitario alzando el garrote con alguna viveza— para saber lo que hay allí; y si lo dudas, pronto te desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir matando.

—Y de mí —preguntó Fago—, ¿qué piensas? ¿cómo y cuándo crees que he de morir?

El eremita se detuvo, y mirándole grave y detenidamente al rostro, le dijo:

—De ti no sé nada... No te entiendo... En ti veo mucho malo y mucho bueno. En tus ojos hay dos ángeles distintos: el uno con rayos de luz, el otro con cuernos. Yo no sé lo que será de ti. Tú harás maldades, tú harás bondades... No sé.

Siguieron un buen trecho silenciosos, hasta que Gorria, queriendo soliviantar al solitario, se dejó decir:

—¿No sabes, santo Borra? Tenemos ya de general en jefe de los cristinos a Mina.

Al oír este nombre se inmutó ligeramente el solitario, y con un movimiento maquinal se llevó ambas manos a las orejas, mejor dicho, a los oídos, cubiertos por la enmarañada y polvorosa guedeja.