—Mina, Mina... —dijo algo turbado y balbuciente—, no es ese más ni menos perro que otros perros asesinos.

—Tu religión, nuestra religión —le dijo Fago—, te manda perdonar a tus enemigos.

—Y los perdono. Pero Dios no los perdonará..., digo, no sé. Allá Él. Yo rezo todos los días por que los militares abran los ojos a la verdad, y abominen de las matanzas. Pero nada consigo. Todos los que vienen a verme me dicen que cada día es más terrible la guerra, y ya no guerrean solo los hombres, sino los viejos y hasta los niños. Vosotros, que venís a dar un consuelo al pobre ermitaño, guerreros sois también, y sin duda de los que andan al acarreo de armas y municiones.

—Así es: honra mucha —dijo Chomín impetuoso—. Llevar hacemos un cañón grandísimo para el Ejército Real, y muy pronto, pues, oír tienes sus disparos.

—Mientras tú rezas —dijo Gorria—, nosotros disparamos..., quiere decirse que rezamos con pólvora.

—Ese rezo es para Satanás maldito.

—¿Estás bien seguro de lo que afirmas? —le dijo Fago, queriendo poner fin a la conferencia y volver a su obligación.

—Tan seguro —replicó amoscándose el desorejado eremita— como lo estoy de que los tres sois alcahuetes de la guerra, y mequetrefes de Satanás. Ya os estáis marchando para abajo, que yo me encuentro mejor en la compañía de los pájaros y de las moscas que en vuestra compañía.

—Nos vamos, sí —dijo Fago tranquilamente, sacando del bolsillo una moneda—. Nos llama nuestra obligación. Te dejaré una limosna.

—¿Dinero?... Gracias. No me hace falta para nada —replicó el santón, alejándose de los tres—. Ahí tenéis otro motivo de condenación, el maldito dinero, que no sirve más que para hacer a los hombres codiciosos y avarientos. Por dinero salta el hombre y baila la mujer, y de estos brincos sale la guerra... Guárdate tu moneda, que yo no tengo bolsillo. Mira las hormigas cómo viven sin dinero. Pues lo mismo soy yo: como y estoy bueno sin ver un cuarto... ¡Cuartos! ¡Vaya una inmundicia!...