—Según eso —dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la compañía—, estoy en el campo cristino.
—¿Viene usted del campo faccioso?
—Sí; ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he podido reunirme con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda la noche, y en este momento ignoro dónde estoy.
—A poca distancia de Santa Cruz de Campezu... Mucho tiene que andar para juntarse con los suyos, que deben de estar en Zúñiga... Tómelo con calma; y para recobrarse del cansancio eche un trago de vino, y luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos a ganar un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo... Yo he servido en Fusileros de San Fernando, con don Carlos España... Derrotamos al francés en Arapiles... ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?
—¿Pues no he de saberlo?... Batalla ganada por Lord Wellington junto a Salamanca... Y a propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer entre Arquijas y Zúñiga.
—Por el cuento, parece que la hemos perdido.
—Quita allá —dijo Saloma—. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdova es engaño, para cogerlos luego por allá..., qué sé yo. Nosotros nada sabemos. Córdova sabe más que el tío Zamarra, y por un lado o por otro le tiene que coger..., y como le coja, se acabaron los asolutos... ¿Qué les quedará si pierden ese general? Pondrán al frente de las tropas a un clérigo de misa y trabuco..., o el mismico don Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario.
XVIII
En el abatimiento y confusión de su espíritu, no mostraba Fago gran deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia, secuestraban su atención, y compartida esta entre el conflicto propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto, recogiendo solo retazos, noticias sueltas. Córdova se había retirado inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en otras.
—¿Qué le parece? —le preguntó el vejete—. ¿Pelearán en las mismas posiciones?... ¿Qué piensa, buen hombre?... ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?