—No pienso, no se me ocurre nada —dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto extraordinaria confusión—. ¿Qué entiendo yo de posiciones?

—Es usted sargento, ¡contro!

—Soy un pobre cura que se ha visto obligado a... No sé lo qué digo... Dadme un poco e vino para que pueda coordinar las ideas.

—Bien se ve que le han engañado esos puercos —dijo Saloma alargándole el jarro—. No hay más que verle para saber que es usted un mosén muy cuitadico, y que no sirve para manejar el chopo. Váyase, váyase pronto a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse en estas jerarquías.

Y otra mujer saltó diciendo:

—En la cara se le conoce que es cobarde... ¿Qué le pasó, mosén?... ¿que al oír los primeros tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman bildurra, y se le movieron las tripas?

La actitud silenciosa y sombría de Fago, confirmó a la baturra en su creencia, y por caridad, se apresuró a darle participación en la comida, que ya había sido apartada del fuego, y repartidas las cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían hervido. No estará de más representar con cuatro perfiles a las personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército cristino. Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la Maja de la seda, y llevaba muchos años de ejercer el comercio ambulante, rodando por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus ojos bizcos fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo igualaba en flexibilidad al de una lagartija. Comúnmente la llamaban Seda, y se titulaba esposa de otro punto de la partida, por mal nombre el tonto de la Uva, o simplemente Uva, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era del Valle de Arán, y se hacía pasar por francés, hablando a veces un patois de su invención. El vejete, que ostentaba el timbre glorioso de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles, procedía también del Bocal de Aragón, y le llamaban el tío Concejil. Ganaba dinero con su mercadería ambulante, era consecuente en su filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada, después de Rodil, y últimamente de don Francisco, que era su amigo. En Puente la Reina, el año 24, le había dado Mina la mano, cuando le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos hombres había en la cuadrilla, que eran como bestias de Uva; cargaban enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas de tabaco.

Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras expresivas; pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.

A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo:

—Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago... Esto lo digo yo que soy de Borja...