—Es verdad —replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas—. Un aragonés es... un aragonés.
—Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.
—Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?
—Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me creí valiente..., me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.
—Y en cuanto oyó los primeros tiros...
—No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.
—Eso sí que es raro —dijo Saloma—. Pues mire, padrico, ándese con cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien... Ya se está usted quitando las ensinias de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea falso, a veces no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste, quiere decirse, aflegidico por mor de amores o qué sé yo qué.
Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.
—Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros —agregó la baturra—, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra... Donde yo estoy está Aragón... Conque...
De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad que nada supo contestar a estas razones, y a todo asintió, agradeciendo al propio tiempo el socorro de comida y fuego que a los buenos parásitos debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído su destino, sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia política. Lo mismo le importaba hallarse entre liberales que entre facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla mezquina ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni cómo podía ser de Dios uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba en todos y en ninguno, y los hombres no se podían diferenciar ante Dios más que por sus conciencias. Pero con estos razonamientos y otros no podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior. ¿Qué haría? ¿A dónde trasladarse, qué partido tomar, y qué conducta preferir, y a qué ideas aferrarse?