—Eso no es verdad, señor Pitillas —afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba que el viejo se desconcertó.

—Yo no lo he inventado.

—Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.

—Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé... Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa... Eso pienso; no sé.

—¿Y dónde están?

—Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo.

Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.

—¿Y se llama...?

—No lo sé... Solo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.

—Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?