—Capellán del Cuartel Real.

—¿Y es el mismo que...?

—No, señor: es otro.

—Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?... Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?

—Repicando..., cuando entraba en el pueblo Su Majestad don Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.

—¿Dónde? ¿Qué pueblo era ese?

—Aranarache, en la Améscoa Baja.

—También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni clériga, ni nada de eso, y al que diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: donde quiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento, casa de religión o cosa así.

—No se incomode vocencia —le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote—. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?

—Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla donde quiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.