—Señor —replicó Fago con efusión humilde—, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.
—Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
—Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.
—Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas —dijo el consejero sin mirarle— y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?
—De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.
—Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?
—El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.
—Hombre, hombre..., no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese...?
—Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del general en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
—Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio», lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto.