Al llegar a este punto, el señor Arespacochaga, apurado el chocolate, y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aun mojaba bizcochitos en el soconusco.

—No, no, señor mío —prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza—, aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etc., etc. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.

—Ni a usted ni a nadie —dijo el capellán mirando fijamente al consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.

—Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos... ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?

—Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso..., líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Señor don Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.

—¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdova en la mañana siguiente al combate de Arquijas?

—Estuve, sí señor, porque me perdí..., porque...

—Se perdió usted..., y tan perdido... Ya lo veo.

—Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy...

—Es que..., bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje... Valor se necesita para ello... De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.