—Sí que lo soy, señor don Fructuoso —dijo el otro poniéndose en pie—, pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo... lo aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo.
Viendo pasear al consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector, y tirarle por la ventana.
—Permítame usted que me retire —le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.
—¡Ah!, no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?
—¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
—Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso..., y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido a los enemigos de la fe.
—Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.
—Le digo a usted que se siente, y oiga.
—Oigo sentado...
—Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?