—¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro —replicó el capellán palideciendo.

—Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.

—¿La vio usted? —dijo Fago con apagada voz, tragando saliva—. ¿Qué señas tenía?

—Alta, buena presencia, ojerosa..., vestida de negro.

—¿Edad?

—Como unos veinticinco años..., quizás menos.

Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad:

—Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.

—Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri...

—¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?