—¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.

—¿Y que clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?

—Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.

—¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.

—Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones.

La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al señor Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.

—Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.

—¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.

—A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán don José Fago.

—¿Y la abrió usted?