—Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente las de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera..., aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, Parador del Manco se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.
—¿Y firmaba...?
—Firmaba Me.
XXI
—Es ella, es ella —dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte—. Pero, pero...
—¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.
—¿La carta...?
—La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.
—Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.
—Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa —manifestó el consejero empleando toda su gravedad—, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora Me citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes.